Cuando se encuentran las palabras: Homenaje a la poeta Julia Uceda

Parece que la vida no se cansa de demostrarnos que hay geografías en las que las aguas de sus ríos llevan disuelto el mineral de la poesía. Es por esto que quienes la han bebido desde hace siglos regalaron al mundo una fuente de la que brotan poetas y más poetas como un chopo de palabras cristalinas de tornasoles.

Hay en Andalucía una predisposición por la creación poética; y no me refiero a que no exista en ningún otro sitio, pero en la tierra de Luis de Góngora, Gustavo Adolfo Bécquer y Antonio Machado se respira aquel ingrediente mágico que Federico García Lorca cristalizó en América como duende. Y coincido con Lorca en que México y España son territorios poéticos en los que nuestras vidas aprendieron a andar de la mano de la muerte, por eso le cantamos y bailamos con ella. La latencia de la muerte, como una sábana de nubes que mantiene en calor de la irónica vida, es el firmamento de la poesía andaluza.

Desde hace tiempo quería escribir esta ene con peineta, pero —debo confesar— no me encontraba en tal estado de excitación suficiente para reflexionar a esta maravillosa como compleja poeta sevillana; me refiero a la magnífica Julia Uceda Valiente (Sevilla, 1925).

La traumática incisión hecha al florecimiento cultural de la Segunda República Española jamás dio por finalizado el auge de las letras españolas después de 1939. Es prudente decir que el gran proyecto artístico trazado por Francisco Giner de los Ríos, Antonio Machado, Ramón María del Valle-Inclán, Miguel de Unanumo, Manuel Azaña, José Ortega y Gasset, Juan Ramón Jiménez, Dámaso Alonso, Vicente Aleixandre, Margarita Xirgu, Federico García Lorca, María Zambrano, Rafael Alberti, María Teresa León y Miguel Hernández —entre muchísimos más—- se quedó con media batuta en el exilio —Luis Cernuda, Alberti, León, Rosa Chacel y Manuel Altolaguirre, por ejemplo— o bajo la tierra —dígase Valle-Inclán, Unamuno, Machado, García Lorca y Miguel Hernández—, mientras la otra batuta se quedaba en España en voz de personajes como Rafael Sánchez Ferlosio, Josefina Aldecoa, Ignacio Aldecoa, Ramón J. Sender, Jaime Gid de Biedma, Carmen Laforet, Carlos Barral, José Agustín Goytisolo y Ana María Matute, entre muchísimos más también. La perspectiva de la literatura posó sus lupas sobre aspectos más apegados a la comunicación después de un suceso nacional e internacional que dejó que sobraran las palabras. La labor de estos entrañables artistas fue buscar un nuevo criterio social de la palabra literaria más apegado, en narrativa, a un neorrealismo crítico de la mano de los italianos Cesare Pavese y Elio Vittorini; en poesía, a una pincelada expresionista y a la dilatación de la experiencia humana dentro del proceso artístico. Regularmente Julia Uceda se posiciona como parte de este grupo poético, al que se le ha denominado como la Generación del 50.

"Hablando con un haya" de Julia Uceda

Mi mayor propósito en esta columna de mayo es rendirle homenaje a una de las mejores poetas que nos ha regalado el siglo XX. Julia Uceda fue la primera mujer en recibir el Premio Nacional de Poesía en 2003. Pudiendo decir tantas cosas de una producción poética de largo aliento temporal, debo enfocarme en sólo algunas —sí, así de difícil es la reflexión poética como breve es el tiempo en la vida actual—. Para Julia Uceda, la poesía se convierte en un ejercicio de autoconocimiento y de descubrimiento de los misterios ocultos en el lenguaje del universo. La poesía misma se constituye como el origen, el medio y el objetivo de su escritura. La poesía también es esa voz secreta de las cosas y de los objetos. Es por medio de ésta que hasta el tiempo histórico de la voz lírica cobra sentido:

Vino de más allá con su tristeza. Había
rodado por los siglos y las lunas intactamente virgen,
vertical, pura y honda,
hecha de mármoles antiguos,
de historias y de gestas
y se rompió en mi playa lejanísima
con sonido de órganos extraños.

(Fragmento de “Su voz”, Mariposa en cenizas, 1959)

La poesía funciona así como un eje que afianza épocas, independientemente de si existe la presencia humana o no en ellas. Así, el agua inmanente y temporalmente inasible —como hermosamente lo dijo Heráclito— es forma y posibilidad de la poesía misma, la que nos llega a los pies en el oleaje con toda su sabiduría y conocimiento atemporal, pues ha sido testigo de las imágenes que el universo ha dejado ver a todo tipo de ojos, humanos y no humanos. Una de las labores del poeta es descifrarlas o, como también deja ver Julia Uceda, recordarlas:

Recordar no es siempre regresar a lo que ha sido.
En la memoria hay algas que arrastran extrañas
maravillas;
objetos que no nos pertenecen o que nunca flotaron.
La luz que recorre los abismos
ilumina años anteriores a mí, que no he vivido
pero recuerdo como ocurrido ayer.
Hacia mil novecientos
paseé por un parque que está en París —estaba—
envuelto por la bruma.
Mi traje tenía el mismo color de la niebla.
La luz era la misma de hoy
—setenta años después—
cuando la breve tormenta ha pasado
y a través de los cristales veo pasar la gente,
desde esta ventana tan cerca de las nubes.
En mis ojos parece llover
un tiempo que no es mío.

(“El tiempo me recuerda”, Campanas en Sansueña, 1977)

Esta labor de recordar dentro de la poesía de la escritora sevillana rememora —vaya poética coincidencia— a la reminiscencia platónica, por lo que es necesario hacer la siguiente pregunta: ¿recordar para Julia Uceda es un camino hacia algún tipo de sabiduría poética? Finalmente, la teoría de la reminiscencia es un método epistemológico con el que se puede justificar un sentido universalista del conocimiento. Dice Sócrates: “Estando, pues, la naturaleza toda emparentada consigo misma, y habiendo el alma aprendido todo, nada impide que quien recuerde una sola cosa —eso que los hombres llaman aprender—, encuentre él mismo todas las demás, si es valeroso e infatigable en la búsqueda. Pues, en efecto, el buscar y el aprender no son otra cosa, en suma, que una reminiscencia”. La naturaleza en la poesía de Julia Uceda es un elemento que incita a la memoria de la voz poética, pues, como todas las cosas del mundo, el sentido racional, artístico y de existencia de la poeta se encuentra poetizando las cosas por medio de la poesía misma. La memoria se vuelve así el trazo y grabado del acto de recordar. Contesto la pregunta: recordar es un camino hacia la sabiduría poética del todo natural —del que el ser humano es únicamente otro grano de arena— más antiguo que la lengua; esta totalidad se va develando en tanto que el lenguaje poético se lo permita. Por lo que este ejercicio epistémico y poético es un acto razonado de búsqueda de una fábrica artística para entender cuestiones más allá del poema y que, a la vez, son poesía: la existencia, el origen de las cosas y el papel del ser humano en la vida. No puedo callar que alrededor de la poesía de Julia Uceda me he encontrado con una constante y hermosa reflexión metapoética que se acerca a un pensamiento genésico y a la vez apocalíptico de la poesía poniendo en duda la transparencia de su materia prístina: la lengua.

Por qué ella,
la sin historia, la sin otras
que, antes, la enseñaran.
tuvo que haber un nacimiento
de lo llamado amor, dolor, aroma, intimidad,
amanecer, crepúsculo, roce de otra mano,
llanto de niño, primer llanto
de mujer. ¿En qué lugar, cueva o arbusto
florecieron preguntas, rosas negras,
sin raíces también para la sin raíz,
rosa primera, sin semilla ni esqueje?

(Fragmento de “La primera”, Zona desconocida, 2006)

Las dimensiones del tiempo y el espacio se convierten en más que un tema poético, sino en condición de posibilidad de la propia poesía de Julia Uceda. El tiempo y el espacio alimentan aquello que a todos nos ha quitado el sueño mínimamente una noche, lo que no podemos expresar con palabras y que con una de ellas hemos nombrado con el adjetivo inefable. Las palabras actúan de esta manera como una aproximación lingüística a lo que únicamente la poesía puede aproximarse con mayor causa hacia ese misterio —belleza, si así se quiere ver— que la naturaleza posee en su propia existencia:

Cómo poner en su lugar
—tiempo y espacio— lo innombrable:
el vacío. No el vacío que está en el Diccionario,
definido y concreto,
sino el real, el otro, el sin palabras.
Ese que ni parece una palabra. Que no tiene
ni siquiera un idioma, una música, un gesto.

(Fragmento de “Noroeste”, Poemas de Cherry Lane, 1968)

En esta misteriosa búsqueda del origen de la naturaleza de la poesía en la que Julia Uceda con sus versos nos arroja también indaga en el fin de la existencia, es decir, en la muerte. Esta muerte que ha maravillado a los poetas andaluces desde hace muchos siglos se descubre en los versos de Uceda como un misterio lingüístico y poético; la grandiosa labor de la poeta es colorearla con palabras y moldearla hasta el punto de poder encarársele. Con la muerte puede recorrerse un hilo conductor de su poesía, un trazo que ha impregnado cada una de sus etapas poéticas. Los poemas en los que se hace presente generalmente son aquellos en los que se le ve como un estadio onírico temporal, así como en los que es más notorio en ánimo lírico y, a veces, autobiográfico de la autora:

Son palabras ya ajenas
recogidas por otro aire,
y en no sé qué otro ámbito,
pero sobre este libro que ahora ojeo,
tarde y en la noche,
es como si vivieran. Quizá vivan aún.
¿Cómo ahora será quien las vertía
sobre papel que ya no reconozco?

(Fragmento de “Palabras”, Zona desconocida, 2006)

Es posible escuchar algunos ecos de Federico García Lorca, Rosalía de Castro, Juan Ramón Jiménez y Antonio Machado en la poesía de Uceda; no obstante, su poesía destaca entre muchos autores de su época por su originalidad lírica, la naturalidad léxica, una búsqueda diferente del objetivo poético, así como por una explotación de la musicalidad del lenguaje que únicamente se percibe en los poetas de gran renombre.

Julia Uceda

Para cerrar esta ene con peineta dejo el que es, a mi parecer, uno de los mejores poemas de la poeta sevillana, en el que se pueden condensar todas mis palabrerías hasta aquí escritas: un tenue eco de Antonio Machado, la presencia de la muerte latente, el recuerdo como detonante del conocimiento, el origen de todas las cosas en la naturaleza y la inefabilidad de las palabras dentro de las dimensiones del tiempo y el espacio en la poesía de Doña Julia Uceda.

Mi infancia son recuerdos de calles de Sevilla,
de quietas barreduelas, de patios muy callados,
de luces que se cruzan con siglos y futuros
donde el tiempo navega sin destino ni pausa.

Mi infancia tiene pájaros muertos sobre una colcha,
albercas de un verdor negro y acristalado,
caracolas que trepan por un muro y regresan
y las toco con dedos que ya no son los mismos.

Llega, por muchas calles, un olor a romero,
y un aire que me abriga como un seno lejano
que recordar no puedo, las sombras de otras casas,
ruidos familiares: los pasos de la muerte.

Ella iba y venía por inviernos perdidos
acodada en las cunas, esperando en los templos.
No comprendo que un día se fuera a alguna parte
dejando su trabajo para algún otro día.

En las casas partidas por el rayo
queda una sombra fresca de velas descorridas
y lo que no recuerdo me hace señas lejanas
hasta que resuciten cuando doble una esquina.

(“Recuerdo perfectamente los días…”, En el viento hacia el mar (1952-2002), 2003)