La desigualdad social, la peor pandemia

Imagen: A tale from the Decameron, John William Waterhouse, 1916

No es la primera vez que un bicho irrumpe en nuestros días para recordarnos lo efímera que es la vida… y lo desigual que sigue siendo el mundo en el siglo XXI. Así bien, en las literaturas del mundo también han quedado marcas de enfermedades y plagas que llevan a los pueblos a extender al máximo las cuerdas del equilibrio social, económico y político.

Voltaire dijo que no todo lo acontecido merece ser escrito, que únicamente los grandes acontecimientos quedan grabados en la memoria de los pueblos. No se equivocó. Si revisamos una prueba diagonal de los textos escritos a lo largo de los años de la historia de la humanidad, encontraremos temas recurrentes: guerras, triunfos, acuerdos políticos, rebeliones populares, repúblicas e imperios y, no lo olvidemos, enfermedades también. Incluso, muchas veces todos aquellos causados por la última.

Como con todos los hechos históricos, el ser humano se ve en la necesidad de modificarlos para darle forma a un mundo que jamás podrá comprender en su totalidad. Las palabras se suceden unas a otras sin la bendición aromática del azar sin hache y se colocan una al lado de otra con toda la intención cabal de una mujer, de un hombre o de una colectividad.

En la Biblia, en el libro del Éxodo, Moisés y Aarón advierten al Faraón de Egipto de una catástrofe divina en caso de que no liberase al pueblo hebreo, hecho prisionero por los egipcios. Una de las consecuencias acaecidas sobre Egipto, entre muchas otras, era una plaga masiva sobre sus ganados, así como una plaga metafórica dirigida hacia los primogénitos del país bañado por el río Nilo. Este relato resulta más interesante si es visto desde una perspectiva más o menos crítica: los hebreos han migrado a Egipto golpeados por la escasez y fueron esclavizados —cualquier parecido con la contemporaneidad no es casualidad— por los egipcios. Ante la negativa egipcia de liberación, el dios de los hebreos demuestra su superioridad por medio del golpe de las diez plagas. Después de su acontecimiento, el pueblo hebreo es liberado y se dirige hacia la Tierra Prometida; es decir, adquiere su libertad, mediante la cual el mundo ha logrado un nuevo equilibrio.

Sófocles, probablemente el trágico más famoso de los griegos, también se sirvió de una plaga para enfatizar en la suciedad que Edipo suscitó dentro del linaje tebano. La fuerza del destino —y no la del Duque de Rivas ni la de Giuseppe Verdi— es más poderosa que un monarca y su dignidad humana. Ante la plaga, la enfermedad, los aedos de Tebas distinguen el eslabón pútrido de la sociedad: un rey patricida e incestuoso que, sin siquiera saberlo, no tendría que estar vivo. La plaga cobra una dimensión de ordenamiento ético y social. Es terrible, pero, como advirtió Friedrich Nietzsche, para la concepción griega antigua, el ser humano es visto así en su pequeñez e insignificancia frente a las fuerzas divinas. Cabe preguntarnos: ¿no estamos viendo la pequeñez e insignificancia del ser humano frente a una enfermedad sin precedentes, pero reforzada por un sistema económico basado en suposiciones económicas que deja afuera a millones de personas volviéndolas un simple número, una simple cifra, una insignificancia material? Hoy, en el siglo XXI el destino trágico también marcará su férrea mano y su hado sobre aquellos que morirán por el simple hecho de no tener las mismas posibilidades sociales que otros. Esto debe dejar de ser parte de la normalidad.

«Edipo y la Esfinge» sobre vasija de cerámica.

La Edad Media cargará por mucho tiempo más con una cruz muy pesada que le atribuye casi puros adjetivos negativos y despectivos, gracias a un grupo de pensadores posteriores con pelucas blancas que tuvieron que pasar sobre ella para poder justificar la existencia de su orden ideológico. Por eso, no es de extrañar que cuando se escucha la palabra ‘peste’ se piense de inmediato en aquella peste negra del siglo XIV que, según algunas fuentes, acabó con la vida de alrededor de un tercio de la población de Europa. Ante las horribles imágenes que podemos elucubrar partiendo de una explicación científica de la peste bubónica, también nos queda mirar hacia una de sus maravillosas consecuencias; es decir, la escritura del Decamerón de Giovanni Boccaccio.

Dentro del marco más exterior de las cajas chinas de la estructura del libro, durante el golpe de la peste en Florencia, un grupo de diez jóvenes aristócratas decide retirarse a una villa cercana a Florencia para, de esta manera, ponerse a salvo de los estragos de la peste y, por supuesto, evitar un posible contagio. Aunque existen millones de temas por hablar sobre el Decamerón es menester que en nuestros tiempos recurramos a una de las capas sociales visibles en la historia macro del libro de Boccaccio. Estos personajes pueden retirarse de Florencia sin poner en aprietos sus actividades económicas, pues nada les faltará durante su cuarentena voluntaria. Su estamento les garantiza que, tan pronto termine la epidemia, podrán regresar a sus vidas con una nueva historia que contar; es decir, que son uno de los personajes que hasta hoy seguimos leyendo cada vez que abrimos esta majestuosa obra literaria que inaugura, de una manera anticipada y junto a la poesía de Francesco Petrarca y la Comedia de Dante Alighieri, el Renacimiento literario. Es obligatorio repensar la situación social y económica de nuestros diez entrañables personajes narrativos: ¿cuántos jóvenes florentinos acomodados de la actualidad tienen la posibilidad de retirarse a una villa idílica y paradisíaca mientras el pueblo llano muere de peste negra ya que no puede retirarse ni un día a sus casas porque eso implicaría morir igualmente; es decir, no comer? Supongo que ahora no es tan moderno y progresista nuestro mundo y es tan obscuro como nos han hecho ver la Edad Media. Las desigualdades sociales persisten en nuestros tiempos.

«El triunfo de la muerte», Pieter Bruegel, 1562-1563. Museo Nacional del Prado.

Otro impresionante episodio de la historia marcado por una enfermedad es muy bien conocido en América gracias a los cronistas de la expansión hispánica: los conquistadores españoles se abrieron paso entre el Imperio Mexica, sitiaron y conquistaron la mágica ciudad de México-Tenochtitlan. Ahora resulta ocioso hablar de superioridad militar, de la pólvora o del gran número de tlaxcaltecas que lucharon al lado de Hernán Cortés para justificar la inminente entrada de los españoles a la ciudad del lago de Texcoco. La viruela, enfermedad viral de terribles consecuencias en aquellos que no cuentan con anticuerpos contra la enfermedad, diezmó a la población de los mesoamericanos, que vieron cómo se extinguían sus culturas junto con sus congéneres. Un impresionante Nuevo Mundo nació a la par que una epidemia acababa con la vida y la libertad de millones de mesoamericanos nativos.

«Escena de la viruela», Códice florentino, s. XVI.

Con estos epidémicos episodios marcados en las páginas de la historia y con la emergencia de esta nueva pandemia, es necesario reflexionar sobre aquello que sí es posible evitar, pues una enfermedad puede atacar a la humanidad sin dar aviso alguno. Lo que puede preverse se ha repetido una y otra vez a lo largo de nuestra existencia como especie: las desigualdades sociales, las migraciones forzadas, la esclavitud disfrazada de progreso, las dispares relaciones económicas entre los pueblos, la imposibilidad del ser humano para ser digno de ser atendido por cualquier tipo de enfermedad como un derecho humano fundamental. A veces me es imposible concebir que todavía en este siglo XXI hay personas que no podrán acceder a la seguridad social y que podrán morir no únicamente por las causas de una pandemia, sino por una gripe cualquiera, por beber agua contaminada o por la infección de una inocente herida.

Así como de la peste negra y del reacomodo político y social causado por ésta derivó el Renacimiento en Europa y una obra clásica como el Decamerón de Boccaccio, que la literatura nos sirva una vez más para reconocernos como humanos frente a una situación anecdótica que siempre surge de lo real, de lo histórico. Que nuestras lecturas versen sobre la crítica y no sólo sobre el disfrute de la ficción desinteresada. Siguiendo a Voltaire, ojalá que nuestra especie esté próxima a escribir un nuevo gran acontecimiento. Que no importe cuántas enfermedades más y cuántos bichos más puedan surgir entre nosotros, pero que se erradique la peor pandemia de todas: la desigualdad social.

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