Federico García Lorca y Galicia

De Galicia os simiterios
cos seus alciprestes altos,
cos seus olivos escuros
i os seus homildes osarios,
todos de frores cubertos,
frescos coma os nosos campos,
pocas mañáns malencónicas
e nas tardes solitarias
cando o sol poniente os baña
co seu resprandor dourado,
cheos dun grande sosego
parés que que nos din, «¡Durmamos!»
ROSALÍA DE CASTRO

A mi muy querida Tamara Pérez Permuy, la gallega más mexicana del mundo.

Imágenes: Federico García Lorca en Betanzos, Galicia.

Imagínate que llegas por primera vez a Santiago de Compostela… Imagínate que eres un joven granadino que toca el piano y que tiene aspiraciones a escribir literatura… Imagínate que es 1917 y que tu voz poética interior tan dorada por el incansable sol de Andalucía se encuentra de tajo con el cielo de Galicia…

Entre 1916 y 1918, durante un viaje pedagógico organizado por el profesor Martín Domínguez Berrueta de la Universidad de Granada, Federico García Lorca llevó consigo lo que puede nombrarse como un diario literario de viaje en el que se puede encontrar una mirada de subjetivación paisajística de alto tono poético. La mayor parte de la crítica ha dedicado sus páginas a la poesía y al teatro del poeta de Granada. No obstante, sus prosas —entre las que se encuentran numerosas conferencias, entrevistas y este maravilloso diario, Impresiones y paisajes— han gozado de menor atención. Afortunadamente, con el paso de los años se están realizando más estudios sobre esta otra cara del multifacético autor de Poeta en Nueva York.[1]

Para la peineta de esta ene —en gran parte dinamitada por el maravilloso álbum Nos del dibujante gallego Alfonso Daniel Manuel Rodríguez Castelao, que ahora conservo como una joya—, la primera de 2020, encuentro un pretexto muy bello: escribir sobre la relación un tanto breve pero de suma fuerza entre Federico García Lorca y la maravillosa tierra gallega.

Es importante destacar que este rozamiento literario a través del poeta andaluz y Galicia sucedió en más de una ocasión: en el lejano 1917; con un tono más académico en 1932 y, después, con la publicación en lengua gallega de los Seis poemas galegos en 1935,[2] un año antes de su fusilamiento.

Lo que puede quedar claro, fuera de tantas presuposiciones académicas de justicia científica divina, es que Galicia marcó el ánimo de Federico García Lorca. Si bien dentro de las reflexiones de Impresiones y paisajes se pueden encontrar textos referentes a Burgos, Ávila y Granada, entre otros sitios, el fragmento dedicado a Galicia dice mucho a pesar de sus tres breves tres párrafos.

«Es el otoño gallego, y la lluvia cae silenciosa y lenta sobre el verde dulce de la tierra». Así comienza el texto titulado Un hospicio de Galicia. La primera escena de esta descripción nos descubre un paisaje típicamente gallego, del que llama la atención la lluvia a primera cuenta: la chuvia, el orballo gallego —orbayu de Asturias—. La lluvia, el agua, se convierte en un concepto de suma importancia simbólica e imaginativa en los escritos gallegos de Federico. Conviene traer a página una sola estrofa del maravilloso poema «Madrigal á cibdá de Santiago» de los Seis poemas galegos, ya que entre ambos textos existe una correspondencia temática de notorio apego al agua de Galicia, la que no sólo se encuentra en los mares, sino también entre el aire, que se mece como una ligera y delgada cortina natural en forma de llovizna:

Olla a choiva pol-a rúa,

laio de pedra e cristal.

Olla no vento esvaído

soma e cinza do teu mar.

La impresión de García Lorca torna su mirada hacia los personajes que componen ese paisaje gallego. Una vez dentro del hospicio, como al pasar una página, el autor de los Sonetos del amor oscuro, desdoblado en personaje observador, describe las condiciones de pobreza de algunos niños que pasaban frente a él aquel día de otoño de 1917 en Santiago de Compostela. De nuevo, todo sucede mientras no cesa la lluvia:

El patio es románico… En el centro de él juegan los asilados, niños raquíticos y enclenques, de ojos borrosos y pelos tiesos. Muchos son rubitos, pero el tinte de enfermedad les fue dando tonalidades raras en las cabezas…. Pálidos, con los pechos hundidos, con los labios marchitos, con las manos huesudas pasean o juegan unos con otros en medio de la llovizna eterna de Galicia….

El pueblo gallego —los geniales portugueses también— lleva grabado en el corazón un sentimiento del que brota una sombra que se extiende a lo largo de Galicia: la saudade. Animarme a definir este estado desde la tierra por la que moran los coyotes no sería justo —¡porque cada lengua es un universo con sus propias reglas mágicas y   semánticas!—; empero, la idea de la saudade puede asociarse con un constante estado de melancolía con tintes jaspeados de nostalgia atemporal. Así bien, el tono de la impresión gallega se torna aún más obscuro —descártese toda significación negativa o culterana a nivel semántico; en dado caso, intercámbiese por nublado— con el paso de las palabras. La subjetividad de un tímido yo diarístico llamado Federico nos regala una pincelada de uno de los temas predilectos de su poesía: la muerte latente.

Todas las caras son dolorosamente tristes….. se diría que tienen presentimientos de muerte cercana….. Esta puerta achatada y enorme de la entrada, ha visto pasar interminables procesiones de espectros humanos que pasando con inquietud han dejado allí a los niños abandonados….. Me dio gran compasión esta puerta por donde han pasado tantos infelices….. y es preciso que sepa la misión que tiene y quiere morirse de pena, porque está carcomida, sucia, desvencijada…..

Tal vez los puntos suspensivos —cinco, que no tres— nos invitan a leer esta impresión con temida calma haciendo las pausas de la oscilación de una procesión de muertos. Tal vez no.

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El final del texto encierra un círculo deductivo que vuelve hacia la totalidad de la escena observada. Ahora, contaminados con la predisposición cinematográfica —la cual inventó Don Luis de Góngora y Argote con los primeros versos de su Fábula de Polifemo y Galatea a manera de un acercamiento de cámara—, es posible situarnos en un cuadro ahora un tanto lejos del joven García Lorca y, tal vez, espacialmente fuera del hospicio. La constante se repite e inunda la impresión con agua perenne de Galicia:

Una campana suena….. La puerta se abre chillando estrepitosamente, llena de coraje….. Al cerrarse, suena lentamente como si llorara… No cesa de llover…..

Y estas campanas redoblan con las de Rosalía de Castro, majestuosa poeta gallega a la que Federico García Lorca dedicó «Canzón de cuna pra Rosalía Castro, morta» en sus Seis poemas galegos.

Aquí, unos versos sueltos de los Cantares gallegos de Rosalía de Castro:

Campanas de Bastabales,

cando vos oio tocar,

mórrome de soidades.

Cando vos oio tocar,

campaniñas, campaniñas,

sin querer torno a chorar.

Ahora bien, un artículo publicado el 10 de diciembre de 1917 en la revista Letras de Granada llamado «Impresiones del viaje. Santiago» arroja una luz —¿y agua?— maravillosa para recuperar el sentir gallego en la subjetividad andaluza de Lorca. Hay que mencionarlo. Casi al final del texto, el poeta de Fuente Vaqueros regala a sus lectores una representación de la imagen poética —aquella en la que hablará un Federico más experimentado en su genial conferencia La imagen poética de D. Luis de Góngora—, un asunto sobre la poesía mimética que encuentra sus fuentes brotantes en la poesía romántica de José de Espronceda, de Gustavo Adolfo Bécquer y de Rosalía de Castro:

Ya casi es de noche. No se ve más que una mancha negra y otra gris: las montañas y el cielo… Ya nada se ve; de cuando en cuando, una lucecilla roja. La noche. Poesía grande, infinita de la Naturaleza, cargada de ruidos extraños y de músicas celestiales…

Ya en el tren que lo llevará lejos de Galicia, Federico García Lorca experimentó el sublime cruzamiento entre el poeta y el ambiente natural, la apropiación de la imagen poética que lo lleva a la ensoñación tal vez nublada de lloviznas monótonas. Probablemente, sentirse desprendiéndose hacia otras geografías cultivó en su pensamiento un estado de añoranza anticipada:

¡Qué ambiente tan ahogado!… Unos señores dormitan tranquilamente en un rincón; todos los demás aletargados; y yo también, influido por el medio ambiente, me acomodo en un asiento y poquito a poco me voy quedando dormido… y mientras tanto, en tren corre triunfal los campos de Pontevedra arrojando bocanadas de fuego que iluminan trágicamente la ría…

En esta artículo, Federico García Lorca alcanzó la mimetización tan perseguida por los románticos que puede hacer que los cielos lloren cuando también llora el ser humano que escribe. Esta es una preciosa manera de despedirse de Galicia y de la nota periodística, ya contagiado para siempre de la mágica tierra gallega, aquela que nunca sairá do seu corazón.

Los motivos gallegos en la obra de García Lorca llaman la atención desde los ojos de los estudios lorquianos puesto que el autor de La casa de Bernarda Alba supo encontrar un hilo comunicante entre su literatura gitana y andaluza con otra tradición más antigua que la castellana misma. Me atrevo a decir que la labor vindicante de la poesía andaluza de Federico García Lorca es alícuota a la de Rosalía de Castro con Galicia. Al norte y al sur de la Península hay mucha poesía y mucha magia añeja que se sigue cantando desde las rías de Pontevedra hasta el Guadalquivir.

Desde México, con el inevitable prematuro florecimiento de las jacarandas en febrero, hago un sincero reconocimiento a la tradición galaico-portuguesa, tan antigua como sus muros de piedra, de la que brotan verdes ramas poéticas para siempre eternas como su infatigable chuvia.

Ahora, imagínatelo otra vez…

 

Notas al pie de página:
[1] Jesús Ortega y Víctor Fernández llevaron a cabo la última edición de Impresiones y paisajes para la editorial Biblioteca Nueva, la cual se une al maravilloso trabajo de Rafael Lozano Miralles (Editorial Cátedra). No obstante, se antoja una edición con énfasis en la perspectiva teórica de la escritura diarística-autobiográfica.
[2] A mis manos ha llegado una maravillosa edición ilustrada de los Seis poemas galegos con una introducción del estudioso madrileño, Fransico Umbral (Camiño do faro).

Josu RoldánAutor: Josu Roldán Maliachi ​(Coyoacán, 1992) Hispanista de la Facultad de Filosofía y Letras, Universidad Nacional Autónoma de México. Amante de la literatura española medieval, áurea, decimonónica y contemporánea, así como de la pedagogía y la historia. Me inclino hacia la investigación, la creación literaria y la docencia. Me gusta el fútbol y la comida..​
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