La cultura a la caza del fascismo

A los trece días, trece como número enigmático, de haberse iniciado la Guerra civil española, un nutrido grupo de artistas y escritores cerraron filas para combatir al fascismo desde una de las más loables trincheras, que a su vez es uno de los principales objetivos a destruir de las hordas de salvajes energúmenos: la cultura.

La semana pasada tuve la fortuna de leer el artículo de Josu Roldán Maliachi, “Cerremos filas”, y no pude contener la imperiosa necesidad de responderle. Sí, no está solo en sus preocupaciones: el fascismo gana terreno, de manera silenciosa, y parece despertar más violento, más peligroso, con cada paso que da la izquierda, los movimientos sociales y los triunfos de los derechos humanos. No creo que haya vuelto, simplemente nunca se fue; pero es un enemigo silente que duerme en el decurso, que se esconde en las cloacas y abre los ojos cada vez que la humanidad logra avances y triunfos. Es el fantasma endemoniado que se niega a la limpieza de la sangre en el suelo: debe haber, siempre, y si no hay la volverá a derramar, no importa si es de mujeres, niños, homosexuales, judíos, transexuales, indígenas, comunistas. Debe haber sangre para que no olvidemos que sigue vagando en el castillo de las democracias modernas.

Y a todo esto cabe preguntarnos, ¿cuál debe ser el papel de la academia, de las artes y de las letras ante estos surgimientos de intolerancia, de verborrea ácida y ridícula, pero peligrosa, que se hacen más presentes día con día en España, Bolivia, Chile, Brasil, EE. UU., Francia, Ecuador, Colombia y México? Yo también me lo pregunto, y me ha respondido un meme en las redes sociales: aquel donde Harrison Ford, en su papel memorable de Indiana Jones, golpea sobre un tren a un soldado nazi. Ese debe ser nuestro papel, mas no quiero que se interprete como un llamado a la violencia. Nuestra posición debe ser dura, inamovible, intolerante ante los intolerantes, aguerrida y cerrando filas para evitar su avance. Debemos señalarlos, con el dedo recto y sin miedo, decir sus nombres (Trump, Bolsonaro, Mesa, Áñez, Le Pen, Abascal, Calderón, Uribe, Piñera), hacer evidente cómo actúan en redes cuando llaman a la brutalidad, a la destrucción de la naturaleza y de los humanos. No pueden gozar de la comodidad del anonimato. Nuestra misión es hacerlos sentir incómodos, no darles voz y exhibir su odio, que se vea mal ser como ellos, que causen asco y vómito sus acciones.

Este fin de semana he leído Memorias de España 1937 de Elena Garro, texto imprescindible para los estudiosos de la historia española y de la magia de nuestra querida Elena. Libro formado a partir de sus diarios y notas, recrea la lucha fratricida en la península a través de los ojos de la autora de los Recuerdos del porvenir, La semana de colores, Testimonios sobre Mariana y Andamos huyendo Lola, por mencionar solo algunos de los libros más asombros de ella. Desde el viernes me he encontrado en una Valencia que resiste, en una Barcelona enlutada y silenciosa, y en un Madrid sitiado con la muerte asechando a las columnas del general Mola, incluyendo a esa fantástica “quinta columna que nadie jamás vio, pues solo disparaba por las noches”.

En más de una ocasión me siento identificado con Elena. Yo no sabía nada de marxismo, aunque desde pequeño siempre había escuchado esa palabra en la casa de mis abuelos. “Era difícil sumergirse de pronto en el enigmático lenguaje marxista; se diría que hablaban un idioma cifrado”, dice Garro. Solo fue hasta mi ingreso a la Escuela Nacional Preparatoria No. 9 cuando comencé a tomar consciencia de aquel idioma, de sus significantes y sus significados y, esencia de las lenguas humanas, de sus sentimientos y objetivos. Al igual que ella yo también tengo miedo, me cuesta doblegarme ante una ideología o movimiento. A veces no entiendo muy bien la división de las izquierdas. Creo que nos separan las ideas, las pasiones y caminos para alcanzar el mismo objetivo; a la derecha, en cambio, la une el odio, el desprecio por la cultura y sus intereses económicos.

Ante este escenario, y después de haber leído la convocatoria a cerrar filas que lanza el compañero Roldán, no nos queda más que tomar pluma y cuaderno, cámara y memoria, zapatillas y grabadora, pintura e imaginación para sumarnos a la lucha. No podemos quedarnos inertes ante los agravios contra los derechos humanos, ante el acoso y la violencia sexual en las Universidades y en el país, a los más de cien mil asesinatos en México o los golpes de estado contra gobierno emanados de la voluntad popular. El silencio nos vuelve responsables de las barbaries que ocurren a diario. Antes que firmar documentos para “defender la Universidad”, misma institución que solapa y encubre a agresores y machistas, debemos de salir a la Ciudad y continuar con la exigencia de justicia. Debemos llevar la lucha a las calles. Resignificar a la urbe, este lienzo de granito y acero, de asfalto y recuerdos, para que los muros no vuelvan a ser cómplices con su mutismo, cómplices de los monstruos que se esconden en las sombras y en las instituciones.

¿Cómo debe ser esta lucha? Lo dejo a consideración de cada uno. Sean libres de escoger su frente y sus armas, para así lanzarnos a la caza de fascistas (y machistas, racistas, clasistas, homofóbicos, lesbofóbicos, transfóbicos[1], etc.). Sin embargo, lo que debe distanciarnos enormemente de ellos es que nosotros no podemos caer en las provocaciones ni atentar contra la vida de inocentes. No podemos permitir una masacre como en Odessa, donde miembros del batallón neonazi de Azov irrumpieron en el poblado y prendieron fuego a un edificio, no sin antes meter a mujeres, niños y ancianos para amedrentar a los combatientes rusófonos; o en Bolivia con la persecución religiosa a los indígenas a raíz del golpe de estado: demostremos que nosotros somos más inteligentes al momento de pelear, menos viscerales y que amamos la vida digna sin miseria, sufrimiento y martirio. Que ardan banderas y edificios, los que sean necesarios; defendámonos de las agresiones de una forma directamente proporcional a la ejercida por las fuerzas represivas, pero no caigamos en la tentación de la violencia supremacista del fascismo, a la censura ni en la adoración de personalidades vacías.

Debemos cerrar filas, es nuestro deber generacional, y como humanistas o artistas utilizar nuestro conocimiento, nuestras herramientas, al servicio del prójimo. El nuevo socialismo deber ser más que una ideología: debe ser una forma de vida basada en el amor universal. Salgamos a pintar murales que incomoden a los fachos, a hacer textos que molesten a los opresores, bailemos frente a la policía para visibilizar su brutalidad y, sobre todo, salgamos a señalar, a exhibir, a aquellos que sueñan con nuestro exterminio. Que nuestras palabras les causen terror, porque en ellas cerrarán filas democracia, justicia y libertad.

Querido Josu, no te encuentras solo. Espero que en esta respuesta consideres que tienes a alguien más a tu lado, en esta “quinta columna” que disparará de noche para retar a las águilas negras de la falange. Entre tú y yo habrá un espacio, que debe volverse una masa conforme se sumen más. Entre nosotros debe estar la libertad y el respeto, la libre expresión de ideas en el marco de la tolerancia a la diversidad, pero la intolerancia ante el fascismo. Espero que este texto sea una muestra de apoyo, pero también una invitación para que lleguen más escritos, fotografías, pinturas, performance, poemas, cuentos, ilustraciones. En Chile ha comenzado a cavarse una tumba; nuestra generación, en compañía de los valientes chilenos, debe ser la sepulturera. Yo te apoyo, y yo espero que nuestro mundo, aquel que construimos con el pasar de nuestro tiempo, sea por fin quien ponga la loza de concreto sobre la tumba del fascismo.

[1] Me intriga y desconcierta: lesbofóbico y trasfóbico no aparecen en el diccionario de mi office Word, ¿por qué ocultar que existen estas manifestaciones de odio?

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Autor: Santiago Rodríguez Salinas. Estudia letras hispánicas. Tiene experiencia en docencia e investigación. Es autor de Nictálopes (2019). Ha participado en congresos de minificción, literatura fantástica y teoría literaria.