Cerremos filas

El 1 de abril de 1939 culminaba una de las más grandes tragedias de la historia contemporánea: las tropas de un dictador, de cuyo nombre no quiero acordarme, apoyadas por las dos figuras del fascismo italiano y el nazismo alemán, ponían fin a una maravillosa gesta de las democracias modernas. Los gobiernos del Reino Unido, Francia y la Unión Soviética decidieron voltear hacia otro lado, abandonando así a un régimen democráticamente electo, cuyas intenciones —lo dice el célebre historiador Paul Preston y yo lo secundo respetuosamente—, para bien o para mal, fueron siempre sacar a España de una vorágine ideológica. 

Diré las cosas como son: el fascismo ha vuelto. Lo podemos ver en los resultados de las necias elecciones españolas celebradas el 10 de noviembre, en las situaciones de Chile, Ecuador, Brasil y Haití, en la rancia derecha mexicana, en el golpe de Estado en Bolivia. Y la mejor forma de plantar cara al fascismo es dejándonos de medias tintas. Hay que decirlo: son fascistas y son peligrosos. Cuando en el mitin del partido neofranquista se corea «a por ellos…», «ellos» son las mujeres, los homosexuales, los rojos, los pobres, los inmigrantes, los no católicos, los republicanos, los Federico García Lorca, los Miguel Hernández, los José Martí, los Salvador Allende, las Dolores Ibárruri.

Ciertamente surge una pregunta obligada: ¿vale la pena quedarse quieto y esperar a que se calme la tormenta? Prefiero que ésta se responda con las palabras que Winston Churchill dijo a Chamberlain después de su acuerdo con Hitler: «Os dieron a elegir entre el deshonor y la guerra… elegisteis el deshonor y tendréis la guerra». No se me malinterprete, querido lector; yo no quiero ninguna guerra, nadie quiere la guerra de trincheras y muertes, pero sí debemos hacer frente al fascismo, no debemos dejar que avance, que se normalice. No existe la tolerancia hacia los intolerantes. ¿Por qué? Por el simple hecho de que somos seres humanos perfectibles y nuestra sociedad tiene que serlo también. Ya tenemos suficientes herramientas ideológicas como para aceptar que nadie es más que otro por su color de piel o por su condición económica. Vamos: que ya es el siglo XXI, hombre… Las banderitas o banderotas sobran, lo que importa es cómo actuemos. Vale… Federico García Lorca siempre tiene la manera más hermosa de decir cualquier cosa: cómo olvidar estas palabras de Mariana en La casa de Bernarda Alba: «En la bandera de la Libertad bordé el amor más grande de mi vida». Pues eso: no hay valor más hermoso que el de la libertad. No lo entreguemos.

Debemos cerrar filas, no aceptar el fascismo, no dejar que prolifere. Los fascistas saben bien aprovecharse de los que tienen menos, de los que siempre han sido relegados y a ellos les venden un discurso que incita al odio, que los vuelve parte de un mecanismo que relega el razonamiento y el pensamiento libre.

Como dijo el maravilloso poeta Miguel Hernández: «Para la libertad, sangro, lucho, pervivo…». Y Miguel Hernández murió de tuberculosis y de pena en una fría cárcel, sin libertad más que la de sus versos y su pensamiento. ¡Que ya no tenga que sangrar nadie más! No debemos repetir los moldes de la historia, porque, si de algo estoy completamente seguro, es de que la historia no se repite, porque el tiempo nunca es el mismo, porque la historia no es cíclica…, pero los que sí quieren repetirla son aquéllos que no aceptan que el mundo ya ha cambiado, que queremos ser libres, que no vamos a dejarnos. Cerremos filas y que viva la libertad. Como incorporaba Rafael Alberti en su maravillosa Numancia, aunque con un ligero cambio contextual y alterando el tridecasílabo: «Nuestro mundo será al fin la tumba del fascismo».