‘La estela que dejó Federico García Lorca’: Rafael Alberti

[…] una noche, en sueños, se me presentó Federico, como subido de la profundidad de la tierra, para verme. Estaba muy envejecido. Parecía que hubiera seguido cumpliendo años, físicamente, durante todos aquéllos después de su muerte. Pensé que tal vez ascendía del barranco en donde fue arrojado para reconciliarse conmigo —¿sería eso?— por las mínimas e inocentes rencillas literarias que alguna vez pudimos haber tenido.

Rafael Alberti

Hurgando de nuevo por las memorias de Rafael Alberti, quise dar continuidad a la columna anterior, en la que me subí a las ramas de su arboleda perdida para pintar cómo Rafael conoció a Federico. Ahora, en esta peineta de la ene de agosto, me inspira escribir sobre un suceso que marcó la vida de Alberti de igual manera como cuando se encontraron por primera vez estos dos poetas andaluces; me refiero, por supuesto, a cómo afectó el asesinato de Federico a Rafael.

Se aproxima el 18 de agosto, una fecha fatua para nosotros, los amantes de Federico, del poeta de Granada que nos hiere el alma por no saber dónde descansa su cuerpo —hasta ahora—, aunque su presencia siempre la encontraremos en nuestras canciones y en nuestros libros verdes como el trigo verde. Es por esto que me atrevo a convertirme en el aedo de Rafael para que hable a través de mí, que su voz encuentre en mi boca una caracola de la brisa de verano —que en Coyoacán es una tormenta de furia incontenible—.

Me llama la atención que Rafael se animase a escribir sustanciosamente acerca del maldito 18 de agosto de 1936 hasta bien entrado el cuarto libro de La arboleda perdida. Probablemente existan heridas que nunca cierran del todo. Alberti narra que en el 50 aniversario del fusilamiento de García Lorca, acudió a Viznar para hablar públicamente de su Federico. Allí recordó a Antonio Machado y Miguel Hernández, poetas que también sufrieron las causas de la guerra civil que, más bien, fue una cruel y cobarde imposición de una parte de la España que no quería soltar sus privilegios. Cincuenta años… ni siquiera son tantos como para que Alberti pudiese dejar de pensar en Federico. Una vez más, el autor de Marinero en tierra recordó aquella noche estrellada en Madrid cuando conoció al genio granadino, encuentro del que brotaron verdes hojas de la amistad y de mucha poesía, como este maravilloso soneto:

Sal tú, bebiendo campos y ciudades,
en largo ciervo de agua convertido
hacia el mar de las albas claridades,
del martín-pescador mecido nido; 

que yo saldré a esperarte, amortecido,
hecho junco, a las altas soledades,
herido por el aire y requerido
por tu voz, sola entre las tempestades. 

Deja que escriba, débil junco frío,
mi nombre en esas aguas corredoras,
que el viento llama, solitario, río. 

Disuelto ya en tu nieve nombre mío,
vuélvete a tus montañas trepadoras,
ciervo de espuma, rey del monterío. 

Muchos años después, Rafael Alberti siguió recordando la incertidumbre que suscitó el fusilamiento de Federico, incluso para su círculo más cercano, quienes no podían creer que de verdad hubiese sucedido:

La noticia de su fusilamiento me la trajo a la Alianza de Intelectuales Antifascistas un joven arquitecto evadido de Granada. «Se rumorea por allí que han matado a Federico García Lorca.» ¿Quién iba a creerlo? Su misma hermana, Isabelita, que se encontraba entonces en Madrid, me llamó para decirme que todo era un rumor, una mentira. Pero aquella misma noche todos los periódicos pregonaban por las calles de Madrid: «¡El fusilamiento del poeta García Lorca en Granada!» A los pocos días, el bueno y grande Antonio Machado me trajo a la Alianza un homenaje a Federico para publicarlo en El Mono Azul, nuestra revista para las trincheras, poema que iba a ser el más duro y acusador de la muerte del poeta:

Que fue en Granada el crimen,

sabed —pobre Granada— en su Granada.

Ahora bien, quiero subrayar que la escritura autobiográfica suele rememorar los sucesos más significativos para su autor; a veces funciona como un mecanismo de confesión y, otras veces, como reencuentro y reconciliación con el pasado. Rafael no deja de hacer hincapié en la noche madrileña del otoñal 1924 y, una ocasión más, a partir de este recuerdo, deja que su pluma pinte algunos otros versos que le ha escrito a ‘su primo’:

Federico.
Voy por la calle del Pinar
para verte en la Residencia.
Llamo a la puerta de tu cuarto.
Tú no estás.

Federico.
Tú te reías como nadie.
Decías tú todas tus cosas
como ya nadie las dirá.
Voy a verte a la Residencia.
Tú no estás.

Federico.
Por estos montes del Aniene,
tus olivos trepando van.
Llamo a sus ramas con el aire.
Tú sí estás.

Mediante la rememoración, el poeta de Cádiz recupera algunas de las vivencias más plácidas que compartió con Federico; asimismo, cae en consciencia de la obsesión que le ocasionó el asesinato del gran poeta de la Generación del 27. Alberti alude que, a pesar no haber pasado mucho tiempo con Federico, como sí lo hicieron otros poetas y amigos de García Lorca, nunca dejó de pensar en él y de escribirle desde la melancolía. Así como hay hombres y mujeres que dejan hondas huellas en nuestras vidas, Federico García Lorca la ha dejado en miles a pesar de no lo hubiésemos conocido personalmente; leer a Alberti sólo nos marca en la piel uno de aquellos trazos con su singular tinta de pintor gaditano: la estela que ha dejado un astro llamado Federico.

Como con un broche que sella un cofre de sus recuerdos, Rafael culmina uno de los pasajes más hermosos de su arboleda: él, desde la barranca entre Alfacar y Viznar, imaginó «hundiéndose en la tierra, el cuerpo acribillado del poeta, pero volándose al mismo tiempo de su poderoso espíritu  por todos los ámbitos del mundo hasta sentirlo presente aquella noche allá en Viznar, a los cincuenta años en que la fuente de las Lágrimas sigue llorando por él y tantos otros que cayeron en esa inmensa fosa de la que se alza, insomne, aunque invisible, gorjeado de pájaros, el árbol verde de la libertad». Rafael Alberti nos pinta un cuadro poético, como muy bien sabía hacerlo, de una imagen hiperbólica en la que se conjugan las fuerzas que Federico García Lorca podía atraer y unificar como un átomo. Este cuadro es uno de miles que ha engendrado el poeta de Fuentevaqueros.

De esta manera doy por terminada esta correspondencia entre la columna anterior y esta ene con peineta. Rafael y Federico: dos autores que quiero mucho, que me han maravillado y que, seguramente, también a muchísimos más. Me gusta imaginarlos en la arboleda de Alberti riendo y mirando el gracioso cuadro que Rafael le pintó en 1924.

En memoria eterna del 18 de agosto de 1936.

¡Que viva Federico García Lorca!

*Fotografía de la Fundación Federico García Lorca

Josu Roldán
Autor: Josu Roldán Maliachi ​(Coyoacán, 1992) Hispanista de la Facultad de Filosofía y Letras, Universidad Nacional Autónoma de México. Amante de la literatura española medieval, áurea, decimonónica y contemporánea, así como de la pedagogía y la historia. Me inclino hacia la investigación, la creación literaria y la docencia. Me gusta el fútbol y la comida.​​