Ensayo, La ene con peineta, Literatura

‘Cuando conocí a Federico García Lorca’: Rafael Alberti

Debiste de haber muerto sin llevarte a tu gloria
ese horror en los ojos de último fogonazo
ante la propia sangre que dobló tu memoria,
toda flor y clarísimo corazón sin balazo.
Mas si mi muerte ha muerto, quedándome la tuya,
si acaso le esperaba más bella y larga vida,
haré por merecerla, hasta que restituya
a la tierra esa lumbre de cosecha cumplida.
 

«Elegía a un poeta que no tuvo su muerte»
RAFAEL ALBERTI 

La arboleda perdida de Rafael Alberti, magnífico poeta y dramaturgo, suele mencionarse como las ‘memorias’ del poeta gaditano. Probablemente sea ésta la manera con la que Rafael llamaba a este conjunto de libros en los que, a guisa de retrospección, escribía su historia de vida, sobre aquél que había sido en el pasado. En este texto mi prioridad no es disertar sobre un posible estatuto genérico de La arboleda perdida como una autobiografía en partes y no como la conocemos mayoritariamente, como memorias. Sin embargo, esta discusión es muy interesante y fecunda para escribir muchas páginas sobre su menester en el futuro. Será en otra ocasión.

En ésta traigo al presente un momento maravilloso para la literatura española del siglo anterior que quedó inmortalizado en el segundo libro de La arboleda perdida: aquel día de octubre de 1924 en el que, como dos fuerzas tan grandiosas y potentes como un huracán masivo y un volcán eruptivo colisionando, se conocieron Rafael Alberti y Federico García Lorca en la Residencia de Estudiantes de Madrid.

En reiteradas ocasiones he podido leer que entre los poetas que ahora integran la famosa Generación del 27 existía un ánimo de camaradería, cariño y amor. De esta manera lo han expresado Manuel Altolaguirre, Luis Cernuda y Rafael Alberti, entre otros. Para el poeta y pintor de Cádiz, la rememoración que antecede a su primer encuentro con Federico enfatiza en los recuerdos de aquellas primeras ocasiones en que conoció a los que después se volvieron amigos entrañables y compañeros poetas. Dice Alberti que mientras escribió sus memorias poco a poco fueron apareciéndole imágenes dispersas de esa tan aclamada generación de fenomenales artistas, la cual fue rota violentamente por la guerra, la truculenta guerra que mató prematuramente a Federico y a miles más.

Rafael se encontraba, graciosamente, en San Rafael como método para aliviarse de su adenopatía hiliar con infiltración en el lóbulo superior del pulmón derecho. Allí escribió algunos de los poemas que aparecieron en su primigenia publicación poética: Marinero en tierra. Comenta el Rafael Alberti del presente narrativo que la lírica que quería proponer en sus primeros poemas iba desde influencias populares hasta Garcilaso de la Vega y Pedro Espinosa. Una de sus preocupaciones era no caer en el ultraísmo, cuyos exponentes renegaban de las formas clásicas. Recordando con la consciencia autobiográfica de la retrospección si su poesía de juventud llegó a rozar los «innovadores» ismos de los que algunos deseaban huir, Rafael nos dejó unas de las palabras más bonitas que pueden leerse en su Arboleda:

Pero, en definitiva, puedo ya, a tanta distancia, preguntarme: ¿a qué ismo determinado pertenece hoy mi obra o la de todos los poetas españoles de mi generación? Creo poder afirmar que a ninguno, que nuestra poesía, en sus momentos más altos, estuvo por encima de las modas, que pocas veces se entretuvo en pasatiempos estériles, constituyendo así la verdadera vanguardia de un movimiento lírico que aun a pesar de todos los más tristes pesares sigue en cierto modo —no me parece exagerado ni inmodesto decirlo— gobernando en España.

Gracias a Gregorio Prieto Muñoz —pintor, artista y amigo de Rafael Alberti, Federico García Lorca, Luis Cernuda y Vicente Aleixandre—, Rafael Alberti por fin conoció en persona a  Federico García Lorca —quien se le dirigió en reiteradas ocasiones como ‘primo’— una tarde de comienzos de otoño —¿otoñal, bellísima y poética coincidencia?— en la Residencia de Estudiantes de Madrid. El autor de Marinero en tierra enarbola, quizás inconscientemente, un bello retrato poético que deja ver el ánimo metafórico albertiano para contarnos ese primer momento en que vio al poeta granadino:

Moreno oliváceo, ancha la frente, en la que le latía un mechón de pelo empavonado; brillantes los ojos y una abierta sonrisa transformable de pronto en carcajada; aire no de gitano, sino más bien de campesino, ese hombre, fino y bronco a la vez, que dan las tierras andaluzas. (Así lo vi esa tarde, y así lo sigo viendo, siempre que pienso en él.)

Como bien es conocido el buen humor de García Lorca, Rafael deja escapar con su pluma un momento de suma gracia en el que Federico, después de elogiar las pinturas de Rafael que habían sido expuestas en el Ateneo años antes, le encargó un cuadro en el que se le viera dormido al lado de un arroyo, con un olivo que llevase en lo alto una imagen de la Virgen que ondea una cinta con la inscripción siguiente: Nuestra Señora del Amor Hermoso al Poeta Federico García Lorca; cuadro que, confiesa Rafael, se encuentra perdido.

Esa misma noche, Federico invitó a comer a Rafael y el poeta y pintor de Cádiz conoció a un joven Luis Buñuel, al poeta José Moreno Villa y a Pepín Bello, del que dice que era «un muchacho delgado, de bigotillo rubio, absurdo y divertido, […] con el que simpaticé vertiginosamente». Más tarde, Rafael escuchó recitar a Federico, quien, comenta el autor de la Arboleda, tenía muy buena fama de hacerlo muy bien, fama que comprobó cuando García Lorca recitó en el jardín ese maravilloso primer verso del «Romance sonámbulo», ese verso que a todos también nos ha estremecido el alma y los huesos cuando lo hemos leído, escuchado o cantado:

Verde que te quiero verde…

Y así como nos hubiese sucedido a todos los lorquianos —para los que García Lorca es una de nuestras más importantes piezas de vida—, después de conocer a Federico, Alberti cuenta que regresó a casa hecho una sopa por una tormenta de lluvia y que lo hizo con suma felicidad «sabiendo que una hoja de mi vida había sido marcada de una hecha imborrable». «Adiós, primo», le dijo Federico a Rafael después de medianoche. Ya estaba hecho: una nueva amistad comenzaba a florecer entre los dos poetas andaluces. Hoy día podemos estar muy agradecidos con ese encuentro, del que brotaron maravillosos poemas, vivencias y una relación entrañable que duraría hasta esa funesta madrugada del 18 de agosto de 1936.

Días después, Rafael le entregó a Federico su encargo y un hermoso soneto que vale totalmente la pena citar:

En esta noche en que el puñal del viento
acuchilla el cadáver del verano,
yo he visto dibujarse en mi aposento
tu rostro moro de perfil gitano. 

Vega florida. Alfanjes de los ríos,
tintos de sangre pura de las flores.
Adelfares. Cabañas. Praderíos.
Por la sierra, cuarenta salteadores. 

Despertaste a la sombra de una oliva,
junto al pitiflor de los cantares.
Tierra y aire, tu alma fue cautiva… 

Abandonado, dulce, sus altares,
quemó ante ti una anémona votiva
la musa de los cantos populares. 

Aquel día, Federico elogió el cuadro que Rafael le había pintado y lo colocó orgullosamente sobre la cabecera de su cama; escuchó el soneto y otros versos de Alberti, a lo que le dijo: «Tú tienes dos buenas cosas para ser poeta: una gran retentiva y ser andaluz. Pero no dejes de pintar».

Puedo intentar poner en perspectiva este suceso en la vida de Alberti. Su primer encuentro con Federico supuso un gran acontecimiento en su vida, como lo hubiese sido para mí, para muchos más. Una de las constantes dentro de la literatura autobiográfica es el rescate de momentos medulares y relevantes para quien escribe su vida. No hay que olvidar que al momento en el que coincidieron, García Lorca ya era un poeta con cierto reconocimiento en España y Alberti apenas escribía sus primeros poemas. Así pues, Rafael deja constancia de la emoción que sintió durante ese día, el momento en el que dos grandes autores de la Generación del 27 se hicieron amigos.

Para concluir este texto sobre dos autores que son fundamentales para mi formación y mis ensoñaciones, quiero citar las siguientes palabras de Rafael Alberti que, indudablemente, me he apropiado, con las que siento que yo también he podido conocer a Federico García Lorca, con las que puedo ver a Federico sonriendo con la típica sonrisa que sus fotografías nos han legado y volviéndose serio al recitar sus entrañables versos, puedo ver también a estos dos grandes poetas y personajes que nos mueven el corazón día con día:

¡Noche inolvidable la de nuestro primer encuentro! Había magia, duende, algo irresistible en todo Federico. ¿Cómo olvidarlo después de haber visto o escuchado una vez? Era, en verdad, fascinante: cantando, solo o al piano, recitando, haciendo bromas e incluso diciendo tonterías. Ya estaba lleno de prestigio, repitiéndose sus poemas, sus dichos, sus miles de anecdotillas granadianas —ciertas unas, otras inventadas— por todas las tertulias de literatos cafeteros y corrillos estudiantiles. […] Lo que el poeta soltaba entonces a los cuatro vientos eran sus romances gitanos, alternados con cancioncillas sueltas o las coleccionadas bajo el título de Poema del cante jondo. También se comentaban entre amigos dos obras teatrales: Los títeres de cachiporra y Mariana Pineda. Ambas se las escuché luego. Pero de aquella primera noche de nuestra amistad sólo recordaré siempre el «Romance sonámbulo», su misterioso dramatismo, más escalofriante todavía en la penumbra de aquel jardín de la Residencia susurrado de álamos.

Josu RoldánAutor: Josu Roldán Maliachi ​(Coyoacán, 1992) Hispanista de la Facultad de Filosofía y Letras, Universidad Nacional Autónoma de México. Amante de la literatura española medieval, áurea, decimonónica y contemporánea, así como de la pedagogía y la historia. Me inclino hacia la investigación, la creación literaria y la docencia. Me gusta el fútbol y la comida.​​
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