Creación crítica, La ene con peineta, Literatura

Manuel Altolaguirre: un poeta ‘excepcional’

Tenía cara de poeta escandinavo —Bolin era su segundo apellido—, el pelo alto, en caracolas; la boca sonriente, siempre dispuesta para la gracia. Parecía todo él un ternero escapado del limbo, una rara invención angélica extraviada en la tierra.
RAFAEL ALBERTI

A Yetlanezi, poema de mi vida…

El próximo 29 de junio se cumplirán 114 años del nacimiento de Manuel Altolaguirre Bolín (Málaga, 1905-1959), poeta que perteneció a la llamada Generación del 27. Con pocas intenciones de llenar esta columna con datos biográficos, no puedo pasar por alto mencionar que Altolaguirre convivió con los poetas Juan Ramón Jiménez, Pedro Salinas, Emilio Prados, Luis Cernuda, María Teresa León, Rafael Alberti, Federico García Lorca, Concha Méndez (quien fue su primera esposa), Miguel Hernández (con quien tuvo una gran amistad) y otros más, así como con los artistas Pablo Picasso, Luis Buñuel y Benito Alazraki. Durante la Guerra Civil Española, el malagueño formó parte de la Alianza de Intelectuales Antifascistas. Se exilió en Cuba y principalmente en México después de la derrota de la República Española.

El principal motivo de esta peineta en la ene de junio es rendirle un sentido homenaje a este entrañable poeta que no ha tenido la suerte de ser leído tanto como sus compañeros Rafael y Federico, por ejemplo. No obstante, el recorrido poético de Manuel Altolaguirre nos ha dejado un paisaje de versos muy sentidos en los que se puede rastrear un ánimo de búsqueda de belleza en la pureza del lenguaje que no necesita de la reflexión meticulosa.

En 1956, el maravilloso poeta Luis Cernuda escribió en el suplemento «México en la cultura» del diario Novedades las siguientes palabras, que hacen justicia a un gran poeta como es Manuel:

No recuerdo que se haya reconocido bien el valor de la poesía de Altolaguirre; la relectura de sus versos nos trae siempre sorpresa y admiración ante tal o cual pasaje donde la emoción, la expresión, unidas íntimamente, tienen acento único dentro de este grupo de poetas.

Y bien, pienso que Luis Cernuda acertó sobremanera en una de las peculiaridades de la poesía de Manuel Altolaguirre: la búsqueda de la emoción por medio de la descripción introspectiva. 

¡La ciudad que más quería 

la he perdido en una guerra!

Ya no veré nunca más

las dos torres de su iglesia,

ni los caminos sin sombra

de sus brazos y sus piernas.

Algunos poemas de Altolaguirre cobran sentido por medio de un emocionado e hiperbólico oxímoron. La voz lírica se deja llevar por las vigorosas y eventuales, aunque contradictorias, fatalidades de la vida:

Mi soledad ausente.

¡Qué soledad sin soledad!

Sentirme solo al lado

de tanta compañía,

solo, sin soledad.

Encontrarme perdido,

sin solución, disuelto

en una muchedumbre.

¡Qué ruinas polvorientas

la compañía de todos!

¡Qué edificio sereno,

concentrado, profundo,

mi soledad ausente!

Y como bien ha apuntado Luis Cernuda, en los versos de Altolaguirre descansa una sucinta y elegante reminiscencia de la poética de San Juan de la Cruz (y tal vez hasta platónica: para Manuel, la poesía nos encamina hacia el conocimiento) en la búsqueda de aquellos elementos líricos de la trascendencia del lenguaje hacia un terreno metaposible. No puedo esquivar la oportunidad de invocar este maravilloso poema del malagueño para esclarecerlo:

Las cosas en mí tienen

infierno y gloria.

Gozan de la alta luz o me maldicen

en el precipitado fuego de mi sangre.

Semejanza con Dios. Siento las cosas

y comprendo sus íntimas verdades.

En ese infierno mío se condenan

las inocentes almas de lo feo.

En mi gloria se alegran

tu desnudo, tu sal, el mar, tu vida.

La poesía de Manuel Altolaguirre, a pesar de inscribirse dentro de la prodigiosa Generación del 27, dista considerablemente de la de sus compañeros y amigos poetas. Altolaguirre encuentra la musicalidad no únicamente en la asonancia, sino en la evocación de la relación antitética de imágenes sinestésicas. Es decir, donde Federico García Lorca lleva la emocionada metonimia a extremos asombrosos y donde Rafael Alberti ordena el desorden metafórico de los colores de las palabras en la pintura poética, Manuel Altolaguirre expande hasta sus límites la poesía como una masa compuesta por los ingredientes de la introspección, la emoción, el yo y una insistente inspiración mística que hacen de su poesía una parcela única dentro del extraordinario grupo del 27.

Considero menester realizar la invitación a leer a Manuel Altolaguirre, cuya obra puede antojarse inagotable si se toman en cuenta las pocas aproximaciones que se han hecho hacia su poética y las amplias posibilidades de goce y estudio que ofrece su lectura. En mí, Altolaguirre se ha impregnado como un aedo de la potencialidad poética en todo ámbito de la existencia, pues, ¿qué es la poesía sino el más hermoso ejemplo de nosotros mismos? Es por esto que sólo hago justicia al bajar el telón de esta ene con peineta con las siguientes palabras de este interesante, querido y excepcional poeta malagueño que encontró en México un segundo hogar:

La poesía, ya sea exterior o profunda, es mi principal fuente de conocimiento. Me enseña el mundo y en ella aprendo a conocerme a mí mismo. Por eso el poeta no tiene nunca nada nuevo que decir. La poesía es reveladora de lo que ya sabemos y olvidamos. […] La poesía salva no solamente al que la expresa, sino a todos cuantos la leen y recrean. Tiene más espíritu el buen lector que el buen escritor, porque el primero abarca mayores horizontes. Aún no he llegado a ser un buen lector de mi poesía. Aún no he logrado sentir todo lo que espero haber dicho.

Josu RoldánAutor: Josu Roldán Maliachi ​(Coyoacán, 1992) Hispanista de la Facultad de Filosofía y Letras, Universidad Nacional Autónoma de México. Amante de la literatura española medieval, áurea, decimonónica y contemporánea, así como de la pedagogía y la historia. Me inclino hacia la investigación, la creación literaria y la docencia. Me gusta el fútbol y la comida.​​
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