Creación crítica, Fotografía, La ene con peineta, Literatura

Cuando pienso en fotografías: instantánea de Luis García Montero

Cuando sentimos miedo, disparamos.

Pero cuando sentimos nostalgia,

hacemos fotos.

SUSAN SONTAG

Con cariño y agradecimiento a Jonathan Albarrán Acosta

Qué dichoso soy por haber tenido la oportunidad de vivir el proceso de revelado de un rollo fotográfico. La cámara fotográfica no contaba con pantallita táctil, sino que impregnaba el simulacro de un recorte temporoespacial en los rectángulos de un negativo que habitaba en su interior; luego, el rollo debía ser extraído de la cámara en completa obscuridad y pasar por un conjunto de baños químicos que repercutirían en la cristalización de la escena del cuadro en el momento en que se pulsó el obturador.

La fotografía es un arte que ha fascinado a autores de la altura de Susan Sontag, John Berger, Vicente Molina-Foix, Julio Cortázar y Luis García Montero. Éste último escribió un maravilloso poema que se llama «Fotografías veladas por la lluvia» (Habitaciones separadas, 1994), en el que se atisban sucintas relaciones entre el arte poético y la fotografía. Vaya palabra…

Si nos remitimos a la etimología de este vocablo, ‘photos/graphos’, la grafía de la luz o, en un castellano más churrigueresco, escritura con luz, nos postramos ante un grupo de palabras, cuyo contenido semántico se antoja como una profunda reflexión filosófica.

Se ha dicho que la fotografía es un arte que desplaza el carácter efímero de los fonemas o de las notas musicales; no obstante, hecho un poema, le pueden brotar flores de colores metafóricos. La voz poética de esta pieza comienza su recital con el adverbio temporal «Cuando», el cual será de medular importancia para la significación continua de todos sus versos. No olvidar que una de las características indelebles de la fotografía es detener el tiempo en una imagen:

Cuando los merenderos de septiembre

dejaban escapar sus últimas canciones

por las colinas del Genil,

yo miraba la luz,

como una flor envejecida,

caerse lentamente. Lo recuerdo.

El ánimo sinestésico se apodera de los versos y nos remite a la imagen poética de la luz como un objeto plastificable. Después se lee otra sinestesia de agradable valor imaginativo:

[…] y la voz sonando

con voz de plata

como los álamos del río.

Esta voz evoca un momento que recuerda en primera persona y en tiempo presente, como quien coge entre sus manos una fotografía y se deja maravillar por su contenido figurativo. La siguiente estrofa irrumpe con fuerza mediante un decreto, una opinión que nos remite a un concepto esencial para su significación:

Antes que los humanos

los objetos aprenden a vivir en el otoño.

¿Y son los objetos, recipientes sin alma, los que pueden aprender a vivir en otoño o somos los humanos quienes, por medio de la fotografía, entendemos que el otoño (pardo, quebradizo y que cae poco a poco al suelo) es el presagio del fin de un ciclo? Quizás lo sea. Como el siguiente verso sentencia:

Hasta un golpe de lluvia.

Repito: quienes hayan tenido la oportunidad de adentrarse en las obscuras cuevas de un laboratorio fotográfico en el que el único pigmento del aire que se permite es la luz roja, así como de revelar un rollo en negativo o una imagen sobre el papel encerado reconocerán que el agua (vaya concepto nuevamente: el agua que nos inspira a pensar en el devenir postulado por Heráclito y, en el siglo pasado, por Deleuze) es un elemento indispensable para poderlo llevar a cabo. La lluvia del poema de García Montero embiste como un condicionante de posibilidad del tiempo y de la memoria, la que se solidifica en una instantánea; un momento que jamás volverá a suceder más que en el recuerdo que suscita una fotografía.

El recuerdo es un detonante literario; de la misma guisa lo es la imagen. El recuerdo no únicamente es un ejercicio cerebral que permite repensar un suceso, también es un mecanismo que incita a la elucubración más pura de la mente preocupada de un ser humano:

Pero del mismo modo

al recuerdo se vuelve igual que a los veranos,

con ganas de tocar el mar,

como un tiempo más nuestro,

la leyenda arruinada del nosotros más puro,

una memoria de la felicidad

que duele, nos desarma

y rueda en las colinas de la tarde

y nos busca después

cada septiembre

como a los álamos del río

en esa flor envejecida

de nuestra propia casa.

Mediante la rememoración también se generan juicios y discernimientos deontológicos del tiempo presente y del pretérito imperfecto de la vida: cómo deben y cómo debieron ser las cosas, cómo nos hubiese gustado que fuesen; el hubiera que sí existe en el pensamiento. La locución latina tempus fugit se revela sobre la hoja clara del libro de García Montero: «Los pecados del tiempo son pecados mortales». El tiempo no vuelve, pero sobrevive dentro de la ‘imaginatio’ y, a su vez, como dice Susan Sontag:

Todas las fotografías atestiguan la despiadada disolución del tiempo.

Volvamos a la lluvia, al agua como la luz, el agua como la monotonía de lluvia tras los cristales de un recuerdo infantil de Antonio Machado, el agua como la negra sombra que nunca dejó de atormentar a Rosalía de Castro, el agua como la chuvia que llovía sobre Santiago de Compostela un día que Federico García Lorca visitó Galicia: aquella que vela la fotografía del poema de Luis García Montero. Esta lluvia es todo lo que quedará después de muerta la voz. Por medio del intertexto de un poema de Luis Cernuda, que aparece en el epígrafe y reaparece en la penúltima estrofa, se aproxima el cierre poético. Se cierra la serpiente que se come la cola, la uróboros del poema; es decir, las bombillas de nuestra máquina fotográfica anuncian la memoria de una verdad como el agua, efímera y cristalina:

Cuando la muerte quiera

una verdad quitar de entre mis manos

las hallará vacías. Al cerrarme los ojos

se mojará los dedos con lluvia.

¿Existen verdades en la vida? ¿En la poesía? ¿En las fotografías? Probablemente no. La verdad es un encuadre posible de muchos más, la verdad sólo se sustenta bajo las premisas de una estructura de pensamiento que busca legitimarse a sí misma. Tal vez deberíamos aprender a observar la verdad como se ve una fotografía o como se lee un poema: en un instante, en el devenir.

Así bien, la estrofa final de «Fotografías veladas por la lluvia» cierra un cuadro de significación prístina, una declaración de amor a la memoria, a lo que fue, a los recuerdos:

Nos duele envejecer, pero resulta

más difícil aún

comprender que se ama solamente

aquello que envejece.

Los recuerdos pueden doler o pueden brindarnos una reformulación de la felicidad sobreexpuesta. Esa es una peculiaridad de la imagen poética, de la literatura. Y qué es la literatura sino una imagen, un río de luz de nuestros anhelos, de nuestros miedos, de nuestra humanidad y de nuestros recuerdos…

Josu RoldánAutor: Josu Roldán Maliachi ​(Coyoacán, 1992) Hispanista de la Facultad de Filosofía y Letras, Universidad Nacional Autónoma de México. Amante de la literatura española medieval, áurea, decimonónica y contemporánea, así como de la pedagogía y la historia. Me inclino hacia la investigación, la creación literaria y la docencia. Me gusta el fútbol y la comida.​​

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s