Un no-análisis a un poema de Federico García Lorca

Leer a Federico García Lorca supone dos retos muy evidentes: el primero, acercarse a un autor talismán lleno de significaciones políticas y éticas; el segundo, un ejercicio sesudo de interpretación hermenéutica que convierte la sangre en savia verde.

El influjo de los símbolos lorquianos en el ojo de lectura nos somete a entrar en un universo muy variado en el que crecen los olmos de la tradición popular andaluza (de raíces que llegan hasta el lejano Al-Ándalus y a los pueblos medievales cristianos en los que se cantaban romances y canciones que, por algún extraño motivo musical-cerebral, no pueden sacarse de la elucubración inconsciente mientras en las horas muertas nuestras bocas comienzan a cantarlos y cantarlos una y otra vez). Por eso mismo, de nueva cuenta se cumple la séptima ley de Newton: la poesía es música, también es literatura, ¡cómo no!, pero le debe su regencia en el Parnaso a las estelas de la acentuación rítmica. Es menester remarcar que uno de los más gloriosos culpables de esto es mi querido Miguel Poveda.

Analizaré (sin rigor académico, debo confesarlo) un poema de García Lorca a manera de los vanguardistas de la década de los veintes del Veinte; es decir, como a ellos les hubiera gustado. O tal vez es como me gusta a mí, un desvergonzado amante de la obra de Federico, el poeta que nunca morirá. Ya será labor de ustedes, de vosotros, de vuestras mercedes estar de acuerdo o no. ¡Pero que quede muy claro que me he clavado un lápiz en el cerebro para intentar desvincularme de mis obligaciones historiográficas! 

He elegido «El poeta le pide a su amor que le escriba» de los Sonetos del amor oscuro, uno de los libros de poemas más maravillosos de Federico (¿y qué no es maravilloso de Federico?).

Comienzo…

Un soneto, primeramente. ¿Qué es un soneto? Una de las formas italianas más desperdigadas por las páginas de la literatura universal. Hay autores que se consagraron gracias a su ánimo sonetista; por ejemplo: Petrarca, Garcilaso, Shakespeare, Quevedo y muchos, muchos más. El soneto es una composición poética compuesta de dos cuartetos y dos tercetos; en los dos primeros suele plantearse una disertación; en los dos últimos a veces se resuelve, y no vale la pena discurrir acerca de las rimas. Manuel Machado se apropió de los sonetos y creó sus propios sonites, así como yo, desvergonzadamente, escribo este no-análisis.

Amor de mis entrañas, viva muerte,

en vano espero tu palabra escrita

y pienso, con la flor que se marchita,

que si vivo sin mí quiero perderte.

Creo que todos hemos vivido un amor tan lúgubre y potente como para volverlo interior de nuestras entrañas, pues eso: ¡una viva muerte! En este punto, la voz lírica de este soneto ha caído en cuenta de su misma ausencia, una ausencia vaciada por la espera de una carta (¡ay, género epistolar, que mucho obvias que sin el que lee no existe ningún mensaje! ¡Qué decir si no hay quien escriba!). ¡Quién no ha vivido sinsigo mismo: qué dolor! Después de sufrir en demasía, a veces, la cordura nos obliga a perder el asidero de las penas, como llora esta sangrante voz, y nos abandona en un espacio en el que reina la melancolía, tal cual la entendía Marsilio Ficino en tiempos renacentistas y como nuestro entrañable Federico escribió en sus Impresiones y paisajes sobre una noche en el convento del Monasterio de Silos (notar la luna, las rosas, la despersonalización del tiempos, las preciosas contradicciones poéticas):

Al entrar en la celda, estaba invadida por la luna llena… Cerré la puerta… todo era un silencio sonoro. Quiso el alma meditar pero el sacro horror de la paz pasional se opuso. Era una hora nunca vivida por mí y sólo era posible la contemplación involuntaria. Se abren las rosas de nuestro mundo interior en estos reinos del silencio y al exhalar todos sus perfumes caemos inevitablemente en la miel de la confusión espiritual…..

Las flores que se marchitan son muy poéticas. En el siglo XIX, un joven poeta mexicano escribió su autobiografía, las Rosas caídas, cuyas flores, románticas por excelencia, son equiparadas a las mujeres de su vida. Hay otro joven poeta, más gallardo que bueno, que escribió sus Sonetos de las flores muertas, habrá que leerlas para ver si están a la altura de los de Federico. Qué decir de Baudelaire, el gran poeta del romanticismo… pues eso, no hay palabras.

El aire es inmortal, la piedra inerte

ni conoce la sombra ni la evita.

Corazón interior no necesita

la miel helada que la luna vierte.

Si una piedra inerte no se ha dado cuenta de las sombras es porque está más muerta que la tierra. Que para Federico algo muera dice algo, dice mucho: lo que muere es la vida misma, es el dolor perenne de la desdicha. ¡Ay, corazón sin luz de luna! ¡Incluso pensarlo nos acerca a la muerte! El símbolo, todavía modernista, de la luna, todavía y por siempre gitano, nos aproxima a la experimentación de la imagen poética lorquiana: hay que imaginarla, hay que pintarla poco a poco en nuestras cabezas hasta que el resultado sea una lienzo expresionista colorido y caótico. Precisamente, aquí recuerdo los párrafos de Leo Spitzer sobre la numeración caótica en la poesía, tan agradecida por nuestros lienzos mentales. Federico suele valerse de la enumeración caótica para lograr que amontonemos montañas de imágenes poéticas en nuestro pensamiento sentido.

Pero yo te sufrí. Rasgué mis venas,

tigre y paloma sobre tu cintura

en duelo de mordiscos y azucenas.

Es muy hermoso el poema que interpela a quien va dirigido, más aún a quien ha generado la acción de sufrirle. Las venas rasgadas anteceden a una de las imágenes más hermosas del poema: una escena erótica tan bien cuidada que viene a nuestra imaginación como un tatuaje clásico de trazos japoneses, como un híbrido ecfrástico de flores fértiles, amor y sensualidad. ¡Una batalla que arde sobre la carne!

Llena, pues, de palabras mi locura

o déjame vivir en mi serena

noche del alma para siempre oscura.

Cuando ya hemos llegado hasta este punto hay que coger mucho aire y expulsarlo cual cantaor en pena. La locura erasmiana (mal traducida realmente; es más correcto el concepto ‘necedad’ de los necios muy necios que son más estúpidos que necios) resuena muy bien para el estado anímico de esta voz poética que languidece. Hay que preguntarnos ¿cómo es que una voz puede vivir en una noche del alma que siempre se encontrará en oscuridad? Sólo así: muriendo sin morir, muriendo en pena como muchos de nosotros hemos muerto esperando las dos palabras más hermosas del castellano, del euskera o del sánscrito: ‘te amo‘.

Se termina abril y las jacarandas de este abril jacarandil desaparecen y nos dejan una nube de polvo y calor insoportable que no ha de amainar hasta bien entrado agosto. Agrego una nueva peineta a la ene de esta oscura columna, la que sigue adoleciendo de las flores muertas, del amor oscuro, cuya poetización nos ha legado nuestro amado Federico García Lorca como unos de los poemas más hermosos que se han escrito en el universo.

Josu RoldánAutor: Josu Roldán Maliachi ​(Coyoacán, 1992) Hispanista de la Facultad de Filosofía y Letras, Universidad Nacional Autónoma de México. Amante de la literatura española medieval, áurea, decimonónica y contemporánea, así como de la pedagogía y la historia. Me inclino hacia la investigación, la creación literaria y la docencia. Me gusta el fútbol y la comida.​
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