Mes: abril 2019

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“Avengers: Endgame”, el juego final de los hermanos Russo

Hace un año exactamente, escribí acerca de Avengers: Infinity war y cómo sería parte de un referente histórico en los anales de la cinematografía mundial. Muchos no lo creyeron, de hecho se burlaron de la columna en su momento. Sin embargo, hoy, un año después, se cumple lo escrito. Avengers: Endgame rompe con todo lo establecido:  taquilla, récords de asistencia y recaudación monetaria de manera global.

Sí, con el MCU (Universo Cinemático de Marvel) se marca una década en la que los superhéroes lideraron las taquillas internacionales. Disney en conjunto con Marvel Studios están celebrando en estos momentos una recaudación millonaria de más de 20 mil millones de dólares con 22 películas lo cual la convierte en la saga cinematográfica más rentable de la historia del cine.

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“La noche sin nombre” || Reseña de Marco Antonio Toriz

Hiram Ruvalcaba (Ciudad Guzmán, Jalisco, 1988) es un escritor de oficio notable. Este libro de reciente publicación, que mereció el Premio Nacional de Cuento Joven “Comala” 2018, es prueba suficiente. En La noche sin nombre, Ruvalcaba demuestra su capacidad para narrar historias terroríficas que no requieren de elementos fantásticos: su poética radica en hacer de lo cotidiano algo extraordinario. Así pues, presenta situaciones que resultan aterradoras, precisamente, por su cercanía; es decir, son historias que podrían ocurrir en realidad (a nosotros mismos, a un familiar o al “amigo de un amigo”): un descuido en la carretera que resulta fatídico, una llamada que detona un recuerdo, un episodio momentáneo de celos…

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Un no-análisis a un poema de Federico García Lorca

Leer a Federico García Lorca supone dos retos muy evidentes: el primero, acercarse a un autor talismán lleno de significaciones políticas y éticas; el segundo, un ejercicio sesudo de interpretación hermenéutica que convierte la sangre en savia verde.

El influjo de los símbolos lorquianos en el ojo de lectura nos somete a entrar en un universo muy variado en el que crecen los olmos de la tradición popular andaluza (de raíces que llegan hasta el lejano Al-Ándalus y a los pueblos medievales cristianos en los que se cantaban romances y canciones que, por algún extraño motivo musical-cerebral, no pueden sacarse de la elucubración inconsciente mientras en las horas muertas nuestras bocas comienzan a cantarlos y cantarlos una y otra vez). Por eso mismo, de nueva cuenta se cumple la séptima ley de Newton: la poesía es música, también es literatura, ¡cómo no!, pero le debe su regencia en el Parnaso a las estelas de la acentuación rítmica. Es menester remarcar que uno de los más gloriosos culpables de esto es mi querido Miguel Poveda.

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El ayuno como arte: Kafka

Pienso que sólo debemos leer libros de los que muerden y pinchan. Si el libro que estamos leyendo no nos obliga a despertarnos como un puñetazo en la cara, ¿para qué molestarnos en leerlo?

Franz Kafka, Carta a Oskar Pollak, 1907

En una carta de septiembre de 1921, Franz Kafka pedía a su amigo y editor Max Brod que quemara sus manuscritos. Franz llevaba años combatiendo la tuberculosis y podría pensarse que su petición respondía más a la depresión o al desaliento que a su real voluntad; aunque a decir del propio Brod, Kafka era un sujeto tímido y no aspiraba al reconocimiento o renombre, pero era un gigante por más que prefiriera pasar desapercibido. Así lo entendió Brod y en lugar de quemar la obra de Kafka, la editó y publicó.

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Construyendo a la flapper

En esta columna ya se ha hablado del nacimiento de las flappers, uno de los arquetipos más conocidos del cine mudo, a mediados de los años 20. Ahora bien, ¿ocurrió esto de la noche a la mañana? En absoluto. Si no hubiera sido por los cambios culturales y sociales que tuvieron lugar durante la década anterior, habría sido imposible que apareciera una figura así.

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John Adams: “Lollapalooza”

Pulso. Se acerca. Las venas de la tierra se ensanchan y todo respiro siente el ardor cálido de la expectativa. Un resplandor. Manos de niños trazando un arcoíris tornasol pavimentan con pétalos volátiles las calles. Voluptuosos, escandalosos, atractivos y brillantes los sonidos que desfilan. Desfasados, pero en la comunión de un solo impulso. Poseyendo incontables sonrisas de todos los colores, marcha en procesión desenfrenada el evento más excepcional. El puente entre las sensaciones y las palabras es en su mejor momento solo una imaginación. Cuando tu cuerpo sucumbe, en un empuje apasionado, frente al festejo extraordinario tu voz desconoce conceptos, sólo permanece el cosquilleo onomatopéyico sobre tu lengua de la sorpresa absoluta: lollapalooza.

Nacido el 15 de Febrero de 1947 en Massachusetts, E.U.A., John Adams fue llamado por la música por primera vez a sus diez años, cuando escuchó historias de un virtuoso niño que componía bellas sinfonías de nombre Mozart. De inmediato y sin un solo conocimiento previo quiso sentarse a componer sinfonías, sus padres que percibieron su interés alimentaron su curiosidad acercándole a sus primeros estudios musicales

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Sólo somos palabra - Aimeé Cervantes

“Sólo somos palabra”: Memorias de un pueblo zapoteca

Ilustración de Aimeé Cervantes Flores

El ser humano ha sido definido, desde tiempos clásicos, como un ser racional. Se ha dicho, así, que su particularidad y la principal característica que lo diferencia de cualquier otra especie es su capacidad de regirse bajo la luz de la razón. Walter Fisher, académico estadounidense del siglo pasado, se opuso en cierta medida a esta idea, que denominó “paradigma racional”. Fisher planteaba, bajo lo que se conoce como “teoría narrativa” o “paradigma narrativo”, que las personas somos, antes que nada, seres formados por relatos, por historias, por palabras. Todos somos creadores y narradores de cuentos, de reflexiones; éstos constituyen una de las formas de comunicación más antiguas y universales. Somos seres narrativos.

Esto tiene implicaciones inimaginables. Las palabras no sólo nos permiten relacionarnos con los otros, compartir, o conformarnos como personas –como afirmaba Fisher–. Las narraciones son parte fundamental de la memoria colectiva. La palabra escrita, por su parte, constituye una de las formas más lúcidas del recuerdo. “Sólo somos palabra” dice Víctor Cata en su fantástico libro. “Sólo somos memoria y recuerdo en la cabeza de los demás. Nos fijamos en la mente de los que tengan ganas de acordarse de nosotros”.

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“El complot mongol”: ¡Pinches remakes!

Fotografía de Sofía Amezcua

La novela negra nació en Estados Unidos a partir de los rasgos de las obras policiales. Personajes borrachos, mujeriegos, solitarios o atrevidos se conjugan con una trama donde todo es posible, desde el asesinato de un presidente por un complot internacional, hasta la idealización de la mujer amada y aparentemente inalcanzable. Rafael Bernal publicó en 1969 El complot mongol, que bien puede considerarse la primera novela de este tipo en México. Años después, en 1978, se estrenó una versión cinematográfica con Pedro Armendáriz; luego, once años más tarde en 1989, se produjo una radionovela de la misma. Apenas en 2017, el Fondo de Cultura Económica publicó, junto al sello de Joaquín Mortiz, la novela gráfica basada en la novela de Bernal con un guión de Luis Humberto Crosthwaite. Es indudable que el género y la obra han gustado. Y mucho.

Tan es así que, este año, el 18 de abril para ser más específicos, Sebastián del Amo (1971) estrenará su película El complot mongol (2018), que cuenta con un elenco ampliamente reconocido: Damián Alcázar, Bárbara Mori, Sebastián Sosa, Eugenio Derbéz, Xavier López “Chabelo”, entre otros. Los personajes de fondo siempre prometen; sin embargo, ¿la película es buena? ¿Logra atrapar al espectador y vincula los “pinches chales” de Bernal con la actuación cinematográfica?

Ari Brickman (Graves), Carolina Amador (productora), Eugenio Derbez (Del Valle), Bárbara Mori (Martita), Sebastián del Amo (director), Damián Alcázar (Filiberto García), Sebastián Sosa (el licenciado), Moisés Arizmendi (Laski)
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“Leto”: juventud y rock en Leningrado

El rock en su época de esplendor cambió el paradigma de la generación joven que lo vio nacer y madurar. Occidente vivió el fenómeno de masas de The Beatles, la rebeldía nihilista de The Sex Pistols, las camaleónicas mutaciones de David Bowie y la profundidad lírica de Lou Reed. Pero, ¿qué hay de aquellos lugares lejanos a estos epicentros que fueron Inglaterra y Estados Unidos? ¿Cómo vivía el rock aquella juventud que en la lejanía observaba la trayectoria de aquellas luminarias?

Leto, del director Kirill Serebrennikov, retrata precisamente la cultura rock underground que, a principios de los ochenta, existía en Leningrado, el único lugar de la Unión Soviética donde había un espacio para el género, lejos de las estrellas pop que en Moscú promovía el estado.