Creación crítica, La ene con peineta, Literatura

La difunta coincidencia de Fígaro

Mariano José de Larra (1809-1837) ha sido uno de los escritores decimonónicos en castellano que más influencia han legado en la escritura periodística hasta nuestros difuntos días. El 2 de noviembre de 1836, Día de los difuntos, apareció en “El Español” el artículo El día de Difuntos de 1836. Fígaro en el cementerio.

Si Fígaro hubiera paseado el 2 de noviembre por San Ángel en vez de hacerlo en Madrid —y me doy la licencia de elucubrar; en este artículo me entrego descarada y totalmente a San Aristóteles— probablemente se encontraría con otro paisaje digno de sus presagios —como el del cementerio que se llenó de hermanos y amigos españoles cien años después—: Larra, tal vez, hubiese olido la inagotable fertilidad del suelo mexicano que, sedienta, reclama la sangre que los antiguos pueblos se acostumbraron a saciar. “El cementerio está dentro de Madrid. Madrid es el cementerio” dice Figarillo, y las palabras retumban como una tumba o como las campanas de Coyoacán. “–¡Necios! –decía a los transeúntes–. ¿Os movéis para ver muertos? ¿No tenéis espejos por ventura?” y el espejo de agua que yace muerto bajo el asfalto también reclama que los citadinos nos asomemos y nos veamos a la cara: a la muerte.

            En el camino por las empedradas calles, Larra hubiera notado que en noviembre las flores de México son anaranjadas y esto, únicamente, añadiría un pigmento calabacezco a su artículo, que se percibe en blanco y negro, como la sociedad española del XIX que retrata constantemente en su actividad periodísitica.

            Cerca del atardecer y de Chimalistac, Larrígaro se horrorizaría al pensar que durante casi doscientos años el suelo mexicano cultivaría huesos y volvería al origen de los pueblos que estaban hechos de maíz. Se encontraría con un edificio, no en ruinas, sino pulcrísimo: barrotes de oro, herrería fina, portero y clases de inglés: “Aquí yace México”. Alrededor nada. Como lloró Federico García Lorca:

Lo demás era muerte y sólo muerte a las cinco de la tarde.

A las cinco de la tarde.

A las cinco en punto de la tarde.

Y bien, como en los otoños mexicanos atardece temprano, Fígaro podría empatar su visión de Madrid con el que se ve en cualquier rincón del Anáhuac:

Pero ya anochecía, y también era hora de retiro para mí. Tendí una última ojeada sobre el vasto cementerio. Olía a muerte próxima. Los perros ladraban con aquel aullido prolongado, intérprete de su instinto agorero; el gran coloso, la inmensa capital, toda ella se removía como un moribundo que tantea la ropa; entonces no vi más que un gran sepulcro: una inmensa lápida se disponía a cubrirle como una ancha tumba.

México también huele a tumba, a muerte y sólo muerte. El 2 de noviembre todo se pinta de colores y de ojos de azúcar, se recuerda a “quienes se han adelantado”, quienes regresan a devorar las ofrendas que sus muy queridos les dejan en una cama de papel picado.

            Paseando por las calles de piedra y hojas pardas de Madrid, Mariano José de Larra se traslada a los periódicos mexicanos del diecinueve, en los que encontró sucintas y tímidas correspondencias y, ahora mismo, con el presente más terrible que ha azotado a México. En este sentido, Fígaro podría decretar, mientras pasea por este cementerio al otro lado del Atlántico, lleno de horror, las mismas palabras con las que termina aquel entrañable artículo del 2 de noviembre de 1836, Día de difuntos en Madrid: “¡Santo cielo! También otro cementerio. Mi corazón no es más que otro sepulcro. ¿Qué dice? Leamos. ¿Quién ha muerto en él? ¡Espantoso letrero! «¡Aquí yace la esperanza!».”

Día de muertos de 2018

Josu RoldánAutor: Josu Roldán Maliachi (Coyoacán, 1992) Hispanista de la Facultad de Filosofía y Letras, Universidad Nacional Autónoma de México. Amante de la literatura española medieval, áurea, decimonónica y contemporánea, así como de la pedagogía y la historia. Me inclino hacia la investigación, la creación literaria y la docencia. Me gusta el fútbol y la comida.

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