@Condechi #Literareinas. YASSSSSSS!!

¿Cómo leeríamos Rayuela si todas las calles a las que refiere Cortázar vinieran con un código QR para llevarnos a la ubicación y poder conocerla por fuera? ¿Si pudiéramos shazamear las canciones de jazz? ¿Entenderíamos más o menos de la obra? ¿Perdería sentido o la haría más amena?

Recuerdo mi sorpresa cuando, entre la solemnidad de la biblioteca de un instituto de investigación de la UNAM, irrumpió mi vista un libro llamado sigloveinte@lit.mx de Fernando Curiel. Creí que era alguna disertación sobre la interacción entre la web y la literatura, sin embargo, mi asombro fue mayor cuando descubrí que se trataba de las generaciones literarias de la centuria anterior. Mucho después leí un artículo del mismo autor en el que citaba a Madonna en un epígrafe. Más que un acto de irreverencia, ahora creo que el trabajo del Dr. Curiel es una consciencia de la interseccionalidad de los estudios literarios.

Me gusta pensar que leer es más que pasar los ojos sobre marcas en el papel (o en la pantalla) y que la literatura, además de leída, puede ser escuchada, olfateada, degustada, abrazada, paseada, sentida. Creo que la interacción entre libro–lector va más allá que únicamente comprender un texto. Sobre todo, creo que la literatura tiene un poder mayor si exploramos sus límites y exploramos a través de ella.

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Hay museos que ya pueden ser recorridos por dentro a través de Google Maps (como el Museo Nacional de Arte en México) y así los pasillos silenciosas y los majestuosos tesoros de la pintura y escultura, resguardados por muros, policías, cámaras, cintas de distancia, están libres y de frente al espectador. Existe una gran tarea de mediación para que no haya medios entre la obra y un visitante del otro lado del mundo sentado en pijama frente a su computadora mientras come helado un domingo a las tres de la mañana. ¿Cómo podríamos trasladar esta experiencia hacia los libros?

¿Las herramientas digitales nos pueden ayudar con un libro? Creo que sí. ¿Modifican nuestra experiencia lectora? También estoy segura de ello. No puedo decir en este momento si la mejoran o la empeoran, pero sí puedo afirmar que producen un cambio al estar poniendo, irónicamente, un filtro sobre el libro. Nuestro acercamiento puede ser diferente según la publicidad que haya tenido la publicación, las fotos en las que lo hayamos visto, pero más allá del objeto, ¿modifican la recepción del contenido? Cambian la experiencia, me parece. Si tenemos a nuestra disposición inmediata la forma de encontrar los referentes más cultos, quizá la incertidumbre de los días sin saber a qué se refería el autor desaparezca, los spoilers estarán más cerca y las lecturas de otros pueden modificar la lectura propia.

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Cuando hablamos de leer, solemos asociarlo con desconectarse; se habla del libro como el artefacto sin cables ni conexiones, sin baterías ni sonido. Asociamos un libro con el silencio y la tranquilidad. Pero, ¿es que acaso un libro siempre es paz? Decía José Vasconcelos que hay libros que se leen sentado y libros que se leen de pie; creo que yo añadiría que hay libros que se leen caminando, comiendo, de cabeza, en el Metro, en el camión, en el norte, en el sur, cuando hace frío o cuando hace calor. Y libros que se leen con música, con mapas  o con árboles genealógicos.

Dentro de estas externalidades del libro, ¿habría una ciudad entera? ¿Hay libros para leer en Roma o para leer en la India? No lo sé. Pero sí creo que hay un vínculo bastante estrecho entre una ciudad y sus libros. Obras que le pertenecen y son solo suyas. Libros que nos hablan de sus lugares perdidos, de sus cafés, de su clima, de sus interiores y exteriores, de sus texturas. Algunas veces, incluso, la Ciudad que creemos únicamente adorno o paisaje, se vuelve un personaje: se mueve, dialoga, conversa, cambia, interactúa.

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En esta ocasión propongo cinco textos y cinco lugares, que se evocan simultáneamente. Los lugares me recordaron a los textos y los textos me hicieron pensar en un lugar como ese. La Ciudad puede ser mejor recorrida con un libro de la mano. Sugiero, que al descubrir de que lugar se trata, la lectora o lector encuentre un lugar en el que no estorbe el paso de los transeúntes y se disponga a leer, en silencio en voz alto, sentado o de pie, el fragmento correspondiente, o incluso el texto completo. La experiencia, creo, hará que palabras que antes pasaban mudas, ahora sobresalgan y que sensaciones que se ignoraban, salgan a flote. Recomiendo la lectura más allá del sillón por la tarde con una taza de café al lado. Recomiendo encontrar para cada texto, un lugar y viceversa.

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Y si a mí me preguntan, sí, los libros deberían traer QR y vínculos a Shazam.

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–Ya sabemos que anteayer estuviste allí y comiste una cocada. ¿Y luego?

–Luego tomé un taxi y me vine para acá por el periférico.

Nacha bajó los ojos, Josefina abrió la boca como para decir algo y la señora Margarita se mordió los labios. Pablo, en cambio, agarró a su mujer por los hombros y la sacudió con fuerza.
–¡Déjate de hacer la idiota! ¿En dónde estuviste dos días? ¿Por qué traes el vestido quemado?

– ¿Quemado? Si él lo apagó… –dejó escapar la señora Laura.

– ¿Él? ¿El indio asqueroso? –Pablo la volvió a zarandear con ira.

–Me lo encontré a la salida del…»

Elena Garro, «La culpa es de los tlaxcaltecas».

 

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En el jardín cultivaba crisantemos, pensamientos, violetas de los Alpes, begonias y heliotropos. Mientras yo regaba las plantas, los niños se entretenían buscando gusanos entre las hojas. A veces pasaban horas, callados y muy atentos, tratando de coger las gotas de agua que se escapaban de la vieja manguera.

Yo no podía dejar de mirar, de vez en cuando, hacia el cuarto de la esquina. Aunque pasaba todo el día durmiendo no podía confiarme. Hubo veces que, cuando estaba preparando la comida, veía de pronto su sombra proyectándose sobre la estufa de leña. Lo sentía detrás de mí… yo arrojaba al suelo lo que tenía en las manos y salía de la cocina corriendo y gritando como una loca. Él volvía nuevamente a su cuarto, como si nada hubiera pasado.

Amparo Dávila, «El huésped».

 

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El día que llegó a casa de Aída para colocar la alfombra, Adelo conoció su destino. El era alto, hermoso, rubio y seductor. Mientras tejía un enjambre de dulces e insidiosas palabras alrededor de aquel cuerpo reclinado sobre el sofá, colocó la alfombra de color miel, y luego quiso colocar sobre la alfombra a Aída, quien se hizo perseguir por toda la sala, alrededor de la mesa, encima del sofá, hasta la cocina, arriba de la recámara y de nuevo para abajo, hasta que, agotado él, logró arrinconarla en el armario de escobas y caer rendido a sus pies.

Brianda Dómecq, «El cuerpo de Adelaida».

 

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La casa se veía muy alegre; pero así y todo había duendes. En los excepcionales minutos de silencio ocurrían derrumbes innecesarios, sorprendentes bailoteos de candiles y paredes, o inocentes quebraderos de trastos y cristales. Las primeras veces revisábamos minuciosamente los cuadros, después nos fuimos acostumbrando, y cuando se repetían esos dislates no hacíamos caso.

Las sirvientas inventaron que la culpable era la niña que escondíamos en el ropero: que en las noches su fantasma recorría el vecindario. Corrió la voz y el compromiso de las explicaciones; como todas éramos solteras con bastante buena reputación se puso el caso muy difícil. Fueron tantas las habladurías que la única decente resultó ser la niña del bote a la que siquiera no levantaron calumnias.

Guadalupe Dueñas, «La historia de Mariquita».

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Y su complacencia voló por el condominio de una recámara en el cual no faltaba nada, desde la tostadora de pan, la sarteneta eléctrica y el horno de microondas en la cocina, hasta los más modernos adelantos de la técnica audiovisual representados por un estéreo de discos compactos y una televisión de veintiuna pulgadas en la estancia. Por supuesto nadie le había regalado ese confort resultado de trabajos forzados adivinándole el pensamiento al señor Malvido como secretaria particular. Afortunadamente, casi en los principios del siglo XXI, las mujeres aprendieron a valerse por sí mismas con eficacia y orden y cuando saben que los bienes de hoy remedian las penurias futuras; sólo así enfrentan una vejez digna si no dependen de nadie ni cuentan con parientes que las mantengan.

Beatriz Espejo, «Sólo era una broma».

 

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Giselle González CamachoAutora: Giselle González
Chiapaneca que a veces ecribe. Me interesan las literaturas populares, el origen de las palabras, el trabajo comunitario y la escritura femenina.