Ana | relato de Luis Gálvez

De nuevo, la veo. Estoy frente a ella. No necesito más aquella fotografía. En persona luce mucho mejor. Luce mucho más alta, tanto que hasta me siento pequeño. Estoy seguro de que, en este momento, en todo el mundo, miles de personas la están viendo a través de una postal, en alguna fotografía en internet o están recordando la primera vez que la vieron.

Yo, por ejemplo, la miro y la recuerdo. Fue ayer, en una fiesta, allá por la Colonia Lindavista. Enrique me presentó a sus amigos: Julián, Óscar, Jimena, Roger, Adrián, Daniel y, por último, Ana. Hola, ¿cómo estás?, le dije. Bien, bastante bien, aunque con un poco de calor, dijo ella, y se sacó la chamarra. Mientras lo hacía no podía dejar de verla. Ella, al verme, sonrió. Qué hermosa eres, dije en voz baja, más para mí que para ella. Gracias, me contestó, casi en un susurro.

Pasaron una par de horas hasta que nos volvimos a encontrar. Ella regresaba de bailar, yo estaba con Óscar fumando un cigarrillo. Le sonreí a lo lejos y, para sorpresa mía, me devolvió el gesto. Enseguida caminó hacia donde estaba yo. Al estar a un metro de distancia, me dio su mano y dijo: Ven, vamos a bailar. Pero, no sé bailar, dije, en vano, cuando ya dábamos los primeros pasos. No importa, ahorita aprendes. Lo siguiente fueron muchas risas y miradas. Ella fue quien llevó el ritmo. Eso le divertía muchísimo. Podía verlo en su rostro: mostraba una sonrisa grande, de oreja a oreja, y de vez en cuando buscaba mi mirada, como incitándome a que tuviera confianza. Cuando la canción terminó, los dos nos abrazamos como un par de viejos amigos que no se habían visto en años. ¿De dónde eres?, le pregunté, mientras recobrara el aliento. De Latinoamérica, me dijo y soltó una carcajada. ¿Cómo es que alguien puede ser de todo ese lugar?, contesté. Cuando uno viaja por todo el continente puede darse el lujo de escoger su nacionalidad, la mía es esa: Latinoamérica.

La fiesta terminó a las tres de la madrugada. Al salir, vi que Ana se despedía de sus amigas con mucho cariño, como si no las fuera a ver en un largo tiempo. Cuando se quedó sola, no dudé ni un momento y me acerqué a preguntarle si era posible que la acompañara hasta su casa. Dijo que iba hacia su hotel, en el centro, y que al mediodía tenía que estar en el Aeropuerto. Pues vámonos en taxi, ¿no pensarás irte caminando, o sí?, le dije, bromeando. No, tontito, vámonos en taxi.

Al bajar del automóvil, lo primero que llamó mi atención fue el nombre del hotel: Santa Teresa. Traté de recordar en dónde lo había leído antes. Pero fue inútil, ya que en lo único que pensaba en ese momento era en ella: en Ana, la latinoamericana. Subamos, la escuché decir. Claro, ya voy, contesté y sonreí al recordar en dónde había leído el nombre del hotel.

Cuando entramos a la habitación, lo primero que noté fue que la cama estaba repleta de fotografías. Identifiqué algunas: el Santuario del Cerro San Cristóbal, en Chile; el Obelisco Porteño, en Argentina; el Teatro Solís, en Uruguay; el Paseo “Los Próceres”, en Venezuela; Las Casas de Osambela, en Perú. Ana notó mi interés. Veo que reconoces algunas, dijo. Sí, mis amigos me han contado de ellas, respondí. Mira, ésta es mi favorita, dijo, y me alargó una fotografía de la Torre Latinoamericana.

Después de poner un disco de Pedro Aznar, descorrió las cortinas para que, lentamente, entrara la luz de las farolas. ¿Qué es toda esa luz que se ve a lo lejos?, pregunté. Es el Aeropuerto, allí estaré en unas horas, contestó. Vaya, conoce la ciudad mejor que yo, pensé. Cuando volteé a mirarla, estaba desnuda: me esperaba. Me desnudé al instante e intenté correr las cortinas. No, tontito, para eso las abrí: para ver la ciudad y que ella también nos vea, y me sonrió

La luz del día me despertó. Ana se había ido. La busqué en el baño, infructuosamente. Bajé a la recepción para preguntar por ella. La joven pagó y se fue cuando apenas amanecía, me dijo el encargado en turno. Por cierto, la habitación se entrega al mediodía, agregó.

Subí de nuevo. Debajo de mi camisa encontré el condón usado y, a un lado, una fotografía: era la Torre Latinoamericana. En el reverso, Ana había escrito: “Tontito, buenos días. Disculpa por irme así, sin más, pero tenía que recoger unas cosas en casa de una amiga. La pasé increíble anoche. Todo me encantó, de principio a fin. Gracias por bailar conmigo y por soportar la burla de mis amigas, no cualquiera lo hace. En fin, te dejo esta fotografía para que te acuerdes de mí. Seguramente cuando estés leyendo esto yo estaré esperando mi vuelo con destino a Barcelona, ¡qué nervios! Cuídate mucho y ensaya tus pasos de baile, así conquistarás a muchas niñas. Chau, tontito. Besos”.

Al terminar de leer la nota de Ana, me descubrí en el espejo sonriendo y llorando: estaba más feliz que triste. Me vestí, tomé la fotografía y salí a las calles que brillaban bajo el sol. Caminé por Bolívar, di vuelta en Madero y crucé el Eje Central. Llegué a la Alameda y me di media vuelta para contemplarla. Qué hermosa es, me dije, y sentí que una lagrima rodaba sobre mi mejilla.

 

 

Autor de la foto.

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