Creación Literaria, Literatura

El xoloitzcuintle

Enseguida, el desfile de animales comenzó a ingresar al vagón: perros, bueyes, caballos, lechones, ovejas, entre otros. Desde dentro, algunos caballos relincharon fuertemente. Había una cantidad inmensa de ganado, así que las puertas se atascaron por completo. En su intento por contener a todos los animales, las puertas machucaron la cola de un cerdo que, por su gran tamaño, no pudo entrar. Por ello, el rabillo del puerco se enchinó como un espiral.

Un conejo, que estaba a un costado de él, comenzó a reírse. El cerdo lo miró con resentimiento y se impulsó hacia su lado para entrar. El conejo fue aplastado y sus orejas también, por lo que, desde entonces, se convirtió en un animal de grandes alcances auditivos: un chismoso.

La puerta del tren intentaba cerrar desesperadamente, pero sin conseguir éxito. El ganado capital comenzó a desesperarse por la ineficacia del transporte. Sin embargo, la costumbre ya hasta los había familiarizado, excepto al xoloitzcuintle, pues los demás animales lo aborrecían por su apariencia y su aparente mal olor. Los bueyes empezaban a fruncir el ceño cuando estaban a un lado de ellos, así que los borregos lo hicieron también, de tal forma que contagiaron a los otros animales.

De este modo, el xoloitzcuintle ha sido la raza más repudiada. No obstante, este animal no sufría por las condiciones climáticas. Cuando no había acompañantes –era rara la ocasión– permanecían cálidos; cuando el tren reventaba de animales, los xoloitzcuintles no sufrían por las altas temperaturas del transporte. Algunos corderos, al contrario, padecían bastante porque no tenían su lana. Al final de su camino, todos eran usurpados por aquellos que no viajaban en el tren.

Los caballos –esos animales pretenciosos e irremediablemente egocéntricos–desdeñaban a todos los demás porque eran inferiores en estatura. Su diversidad de razas –además de su poca concurrencia en el transporte– los hacía creer que eran los únicos en todo el ferrocarril, cuando en las distintas cajas que conformaban el alargado vehículo, había una especie distinta de ellos.

Los monos eran los más desesperados, pues empezaban a gritar a penas se detenía el vagón. Además, la incomprensión los caracterizaba de los otros. Siempre que se encontraban cerca de la salida y otro animal quería abandonar el tren, los monos se alteraban y empujaban a todos a su alrededor.

Se decía que los elefantes eran animales extintos, de tal modo que ya ni siquiera se estudiaban en las escuelas de animales. Cuando veían a uno lo ignoraban, lo suprimían, al grado de hacerlos creer que eran fantasmas. Entonces estos cuadrúpedos suponían ser espectros inteligibles, por lo que creyeron vivir en muerte y morir en vida. A los elefantes, animales fuertes, parecía no importarles lo sucedido, aunque no llevaban una vida menos miserable que la de los demás.

Las jirafas, amarillas por naturaleza, debían seguir al tren por fuera, ya que su gran tamaño no les permitía entrar, así que eran excluidas. El tren recorría toda la ruta y manchaba a los alargados animales de petróleo, pues las pequeñas piedras que se encontraban sobre el camino salían disparadas contra ellas. El ganado comercial reía de las desgracias jirafales y pronto comenzaban otra vez a observarse mutuamente con ojos de desconfianza y rencor.

Las yeguas según sufrían más que todos los animales juntos, porque las zangoloteaban, las empujaban y, sólo a veces, hasta los caballos más refinados tocaban sus lomos con las pezuñas de sus patas. Entonces las yeguas se detenían con sus extremidades posteriores para golpearlos con las patas traseras. Nadie se atrevía a poner orden.

El conejo aplastado se la pasaba escuchando las que parecían penas, quejidos, cuentos o chismes porque –como no hablaba la misma lengua de los otros animales– desconocía realmente lo que los animales comentaban. Sin embargo, esto no era impedimento, ya que se dedicó a murmurar e inventar a los otros conejos lo que mencionaban los acompañantes. De este modo, sólo las jirafas eran las únicas que no hablaban con nadie, pues cada una iba detrás de otra y se dedicaban a caminar. Por ello, se consideraban afortunadas… aunque aun así seguían tristes.

El tiempo había transcurrido tan lentamente, que el ganado capital parecía hipnotizado por el calor infernal y el ajetreo del viaje. Los animales intentaban asomar sus cabezas por las puertas cuando el tren abría los portones para permitir el ingreso o la salida de los viajantes. Cada bestia abandonaba el transporte y se perdía por el camino sin saber a dónde se dirigía, no obstante siempre cumplían con sus obligaciones. Al final del trayecto, en la última estación, aparecían las ovejas que, cuentan los rumores, se presentaban ante un león que devoraba su lana, pues la carne les parecía repulsiva –comerla era un acto primitivo– y su cubierta les parecía más útil.

Toda clase de historias surgían a partir de la imaginación de los animales que no llegaban al final del camino. Como las ovejas eran las únicas y no podían comunicarse con los demás, guardaban sus amarga experiencias, así que disimulaban su preocupación por la muerte. La vida, de tal manera, continuaba.

Todos los animales vivían automáticamente entre empujones, quejidos, sexismo e intolerancias de todo tipo. El xoloitzcuintle intentó sobrevivir entre la manada de animales, hasta que llegó a su destino. Empujó a cerdos, caballos, ovejas, monos –que casi lo golpean por la ira del instante– y bueyes con el ceño fruncido. Todos los animales, sin distinción, lo observaban con repugnancia, casi con odio. Entonces el caballo lo empujó con la cola; el cerdo, al observarlo, lo golpeó con violencia; el conejo le saltó sobre el lomo y las yeguas lo patearon con las pezuñas. Así, el pobre perro, ensangrentado y agonizante, salió abruptamente del tren. Minutos después murió. Enseguida, otro desfile de animales comienza a ingresar al vagón.

Joshua Córdova RamírezAutor: Joshua Córdova Ramírez Escritor y estudiante de Letras Hispánicas en la FFyL de la UNAM. Ha publicado en Cruz Diez, Palabrerías y es colaborador en Primera Página. Ganador del concurso interpreparatoriano de Poesía.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s