Omnipresencia del grillo, de Cristopher Yescas

A Emiliano de la Rosa

Se despierta diario a las cinco de la mañana y asoma el torso desnudo por la ventana con el único deseo de contemplar el amanecer. Pero solamente ve piedras grises sobre piedras negras, series continuas de edificios idénticos. Ve otros rostros en otras ventanas de otros edificios. Ellos también buscan ese cielo rojo, ese descanso a la vida citadina. Pero sus deseos son negados por la ciudad misma, como si dijera: “Hoy no, hoy también sufre”. Iztapalapa se yergue entonces ante tantos pares de ojos como allí habitan. Y detrás, el único consuelo, es un canto, un rumor musical que nunca se agota.

Después de pensar en lanzarse desde el quinto piso donde vive, se replantea dicha opciónguillo, y decide que no es la mejor alternativa. Aspira una bocanada de aire viciado y cierra el ventanal. Debe bañarse, mirarse en el espejo y reconocerse, saberse cansado pero sin otro camino a seguir que el de continuar con su vida. Antes de entrar a la regadera y mojar su cara, deja los anteojos en la cocina y pone a trabajar la cafetera. Se queda parado bajo el chorro del agua tibia hasta que ésta se enfría. Llegado ese punto se baña en un par de minutos. Sale del baño con la toalla en la cintura y bebe su café. Escoge un libro al azar y lee un par de poemas, acompañado siempre por ese ruido, por ese dulce canto anónimo.

Cuando faltan quince minutos para que sean las seis de la mañana sale de casa, a veces con un portafolio bajo el brazo, la mayoría de los días, solo lleva con él su soledad.  Arrastra los pies, gasta las suelas de sus zapatos y entonces se pierde, durante un buen rato, entre la gente que viaja codo a codo en el metro. Suda, se expande y se contrae. Y finalmente, es vomitado o parido, podría ser cualquier cosa. Cuando sale de la estación y sus ojos vuelven a ver el cielo, el amanecer ya está lejos, amanece quizás en otro mundo u otra vida. Pero aunque más silencioso, aquel rumor incesante persiste.

Camina lentamente hacia su escuela, cubierto de frío, ávido de una cintura que abrazar. Observa el cielo, los árboles y la gente que camina indiferente hacia un lugar indeterminado. Se sienta en una banca que casi siempre está fría. En la paleta de la silla, tallados los nombres de dos personas que se aman, se amaron o se amarán. Él intenta escuchar con atención sus clases: repite las declinaciones de rosa, conjuga el verbo amare. Reflexiona acerca de la fenomenología, mastica en su cabeza los versos de un poema de César Vallejo. Y detrás, acompañando todo, aquella invariable sinfonía.

guilloA aquello de las seis de la tarde, emprende el camino de regreso. Prende un cigarrillo antes de entrar al metro y lo fuma deseando que no se consuma. El humo asciende y la noche cae, ligera, acompañada de llovizna que empapa apenas a todos. Es el momento de llorar, de dejar que las lágrimas se confundan con nubes derretidas, pero él decide no hacerlo, no este día. Y detrás del ligero vibrar de las gotas contra la acera, revive, toma más fuerza aquel cantar anónimo y eterno.

Y cuando penetra de nuevo a los intestinos de la ciudad, se resigna a perder ―si es que en algún momento lo tuvo ganado― más tiempo, se aferra al tubo de metal que su brazo logre alcanzar, y mira a la gente, cansada y sudorosa, irreal y sumisa. Intenta perder su mirada en un punto muerto, en el rostro de un secuestrado que lo mira desde un cartel o en la silueta inconfundible de Zapata. Es entonces que la encuentra. Que se encuentran. Que se miran y que se sienten indefensos, desarmados, como un venado frente a un cazador, como un cazador frente a la muerte de su primogénito. Y sus ojos se clavan en los de ella como una flecha sobre la diana. Y el par de dianas pintadas sobre sus ojos sufren y gozan terriblemente. E incluso allí, en las entrañas del mundo, el sonido no cesa, la música no se detiene.

Y sus cuerpos saben que deben estar cerca, que deben unirse, tarde o temprano. Que antes fueron uno, o que después, o que nunca lo han sido y que nunca lo serán. Pero los cuerpos no saben nada, los cuerpos solo se mueven, flotan y mueren después de un rato. Sin embargo la música que no se calla es la invitación a un ritual, es un cortejo pentatónico premeditado. Y en su cráneo retumba, como el golpe de un arco, la omnipresencia del grillo. Es precisamente esto lo que lo empuja hacia ella, lo que lo llena de adrenalina y lo obliga a abrir los ojos y la boca y los poros y el alma misma frente a aquella muchacha recientemente descubierta, como una pequeña balsa a la deriva.

Se hablan con torpeza, se dicen palabras de otras lenguas, articuladas por otros labios, pues el cuerpo nunca sabe nada. Se preguntan sus nombres, sus edades, sus direcciones, sus números de teléfono y olvidan todo cuando se despiden, pues después de conocerse, nada importa en realidad.

Él baja del vagón, del tren, baja de la vida monótona y triste, y el canto del grillo se vuelve una melodía celestial. Camina por las bestiales calles de Iztapalapa con una sonrisa más grande que sus veinte años sobre la tierra y entonces escucha un grito.

Pero el grillo no cede. Y su canto se mezcla con los gritos de la mujer que está muriendo. Y él la mira, aferrada a su bolso, sangrante y moribunda, pero enraizada a los cincuenta pesos que trae en su cartera. Y él no puede hacer nada, no puede gritar, no puede correr, tan solo mira. Y recuerda la mañana, el discurso de la ciudad: “Hoy no, hoy también sufre”. Y sufre, y su inutilidad le recorre los huesos, las venas y las arterias. El ladrón corre después de enterrar y girar el cuchillo por última vez. Él corre a casa, pero antes de irse observa el rostro de la mujer, ya muerta, del cadáver propiamente dicho, y la fotografía se imprime en su memoria para siempre.

Ya dentro de su departamento echa llave a la puerta y a la reja. Cierra la ventana y las cortinas. Apaga las luces y enciende un cigarro. El canto, la música, el ruido uniforme aún en la vigilia sigue allí. Después de un rato duerme, y ya entrado en otro mundo vuelve a ver a la muchacha del metro, al dulce amor de su vida. La desnuda y la besa, y poco antes de ser uno, ella desaparece. Todo es oscuridad, una oscuridad verdadera, vacía y sublime. Él mira hacia todos lados, busca un centro, una esquina, algo a donde asirse, pero no hay nada. Una luz se enciende, y allí está, sentado, con un violín en las manos, el grillo. Y él se acerca al animal, que visto de cerca es gigantesco y horrible, pero hay algo peor. El rostro del insecto no es de insecto: es de mujer. Es la mujer de cuyo asesinato él fue testigo. Se miran, confundidos, ella con un poco de rabia, él con mares de miedo.

―¿Por qué lo hiciste, Emiliano?

―¡Pero yo no te maté!

―¿Por qué te enamoraste, Emiliano? ¿Por qué lo hiciste?

Y Emiliano patalea, de vueltas sobre la cama y llora, pero nunca más logra despertar.guillo

Revista Primera PáginaAutor: Cris Yescas Fundador y director editorial de la revista Primera Página. Estudiante de Letras Hispánicas en la FFyL de la UNAM. Miembro del seminario de minificción de la UNAM. Rulfiano hasta el tuétano. Amante de la música y de la fotografía.
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