Creación crítica, Opinión

Un torbellino llamado Trump

No hace mucho tiempo, escuché en un programa de la televisión mexicana que el sistema político-electoral en Estados Unidos era mucho más avanzado que el nuestro. Debido a lo anterior, las elecciones en E.U. se deciden mediante el voto electoral, no el popular. Seguramente, la afirmación se fundamenta en que nuestro vecino del norte es un país más desarrollado, con un gran poderío económico y que, además, posee una capacidad militar envidiable; en fin, un país de «primer mundo».

Donald Trump es el nuevo presidente de la llamada Unión Americana, de tal modo que la mayoría de las predicciones, las encuestas, además de todo el apoyo que recibió Hillary Clinton durante su campaña, cambiaron de postura, por lo que el destino del país se dirigió al otro extremo de la elección. ¿Es cierto, conociendo a un hombre como Trump, que el sistema político-electoral es superior al de otros países? La verdad es que, si tomamos este sistema como construcción del hombre estadounidense, desde los mismos candidatos ya existen incongruencias. Leí en una página de internet que el gran perdedor, independientemente de quien resultara electo, era Enrique Peña Nieto. ¿Por qué? Porque se ha demostrado que las adversidades lo han rebasado, por consiguiente resulta una figura más que maleable para el gobierno estadounidense.No obstante, el verdadero problema no radica en EPN, sino en el país que representa «diplomáticamente». En el caso de México -abandonando el tema de los inmigrantes también es alarmante- el dólar, por ejemplo, alcanzó niveles históricos. Parecía que la distinción en la moneda dependía del estado de ánimo de Trump; sin embargo «como no vivimos en E.U. no nos afecta el alza del dólar», pero sí por el hecho del aumento en las tasas de interés o de la inflación que, a su vez, produce un crecimiento en los precios de la llamada «canasta básica».

En contraste, Trump es el perdedor para los opositores de los Estados Unidos. Los bancos internacionales decayeron al ver el inminente ascenso del candidato republicano, pero, en el caso de Rusia, por ejemplo, esto no fue así. Putin o Corea del Norte tienen ventaja sobre los E.U. por la característica volatilidad de Trump, además de su discurso pronunciado sin un conocimiento esencial de la política o de las relaciones internacionales.

Pero todo lo anterior quizá no hubiese sido, en sustancia, muy diferente de un hipotético gobierno de Hillary Clinton. Los analistas apuntaban que no aprovechó su oportunidad en los debates o encuentros con su adversario para vencerlo tajantemente. Y es que la candidata demócrata siempre permaneció como una figura de discurso discreto, mesurado, que no reveló muchas de sus posturas acerca de distintos temas; contrario al republicano que, al parecer, no estudió las consecuencias de sus proposiciones. Cuando Trump visitó México por la invitación de EPN -gran error en su mandato- Clinton criticó a Trump, mientras que la popularidad de éste último ascendió.

Donald Trump no puede ejercer completamente los pilares que sostuvieron sus palabras, pues para los Estados Unidos no conviene un rompimiento de las relaciones con México, por ejemplo, aunque esto no es pretexto para que las relaciones entre ambos países no se vuelvan rígidas y ásperas… otro punto que no conviene a nuestro país. Clinton, por su parte, parecía una candidata idónea con relación a las ideas humanitarias de las que carece quien era su rival por la presidencia.

Respecto al sistema tan adulado y ahora tan controvertido, cabe señalar su relevancia en cuanto al modo de elección. Así pues, la estructura de la cual se sostiene el presidente electo en este caso se ha hecho en una maquinaría insostenible, divida en sus partes. Muchos republicanos repudiaron a Trump al enterarse de sus principios xenófobos, racistas, radicales y sexistas. Sin embargo, sorpresivamente venció a Clinton con una amplia reducción en el presupuesto para su campaña. Pero regresemos al sistema. Los ciudadanos estadounidenses han respaldado sus costumbres electorales, por lo que su forma de elección no cambiaría en lo absoluto.

¿El sistema es el culpable de las desgracias y de los giros políticos del país? ¿Trump tiene la culpa de ser el verdugo de la nación? La realidad -que también alcanza el territorio de México y de Latinoamérica como en el caso de Guatemala- depende, en apariencia, solamente de la ciudadanía y de los votantes. El voto informado contiene una carga importantísima para las personas, pues pueden conocer lo que los políticos pretenden con referencia a su país. Así que el voto está subordinado sólo a la decisión del hombre y de la mujer. Ambos, como seres humanos, resuelven el estado futuro de una nación. Toda la población es responsable de sus decisiones, pero lo realmente alarmante es el seguimiento de estadounidenses -además de ciertos latinos- al discurso de Trump.

Los objetivos de la modernidad han descuidado al hombre, por lo que la estructura de poder y su sustento, que a su vez beneficia a un grupo específico de personas, olvida las necesidades fundamentales de la humanidad. La equidad de género, en este caso, es una de las exigencias principales y más fuertes en la época actual. Estados Unidos se jacta de ser un modelo para las demás naciones; así que su «valor» se mide en detrimento de sus hazañas. No obstante, ¿la ciudadanía estadounidense nos ha demostrado su valía en estas elecciones ? Con esto no quiero desacreditar ni ofender a los ciudadanos de los E.U; más bien me gustaría señalar el declive social del mundo y las diferencias homogéneas en los votantes.

A Hillary Clinton le afectó el hecho de ser mujer. Tristemente la situación de ser hombre o mujer aún influye en las relaciones entre las personas y en países tan aparentemente distintos como Estados Unidos. Esto significa que la discriminación, al parecer, estaba en una penumbra que no se asomaba a la realidad hasta que un candidato como Trump surgió de entre los republicanos. En consecuencia, las distinciones sociales, económicas, geográficas, sexuales, usurpan a ambos géneros, pues sin uno ni siquiera habría la necesidad de nombrar al otro.

El egocentrismo, por todo lo anterior, es una característica vigente del hombre como especie. Los individuos han perdido la noción de la otredad como un punto de partida para su reconocimiento. El capital, la moda o la nacionalidad, por ejemplo, son más importantes que aquellos espíritus andantes que nos rodean. Como dijo José Mujica, expresidente de Uruguay, en los debates para llegar a un acuerdo no se trata de imponer una opinión, sino de convencer con argumentos sólidos… no aquellos fundamentados en las ofensas contra los mexicanos como en el caso de Trump.

Estados Unidos, esta vez, es un reflejo más de la decadencia de la misma humanidad en la resolución de cuestiones colectivas. Lamentablemente, la elección de Donald Trump como presidente alcanzó un eco relevante que sirve como un momento histórico alarmante de nuestra existencia. Si hubiese sido un caso de Latinoamérica, África o alguna «guerra menor» en cualquier parte del mundo, no habría tenido la misma resonancia.

Joshua Córdova RamírezAutor: Joshua Córdova Ramírez Escritor y estudiante de Letras Hispánicas en la FFyL de la UNAM. Ha publicado en Cruz Diez, Palabrerías y es colaborador en Primera Página. Ganador del concurso interpreparatoriano de Poesía.

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