Un sueño gris de veinte años: crónica de una vida migrante

“Antes que me hubiera apasionado por hombre alguno[1], jugué mi corazón al azar y me lo ganó la violencia.”

José Eustasio Rivera, La vorágine

 Al señor Donald Trump y a todos sus partidarios. A Alicia y a su familia, que nunca le dio la espalda y que me abrió sus puertas para conocer esta historia.Por privacidad se han modificado los nombres y se han omitido los nombres de lugares demasiado específicos.

I

Amigos en común, varias miradas cruzadas. Cuerpos jóvenes, bellos según el común acuerdo. Dos estudiantes del Colegio de Bachilleres plantel 100 metros. Viven en distintos puntos de Tlalnepantla, no muy lejos el uno del otro. Su nombre: Alicia. Jorge el de él. Se entera pronto, en voz de sus amigas: “Le gustas a Jorge”. Ella no puede contener su emoción, será su primer amor, verdaderamente el primero, el amor inconmensurable de una niña-mujer de 19 años. Poco tiempo pasa. Festín de dos cuerpos a solas, dice aquel poeta. Se encuentran: se han perdido.

II

Y un día simplemente no llegó. Había deseado muchas veces que no llegara, que se uozshaz4zm8eydetuviera para siempre, los dolores en la parte baja del vientre eran terribles: le hacían preguntarse porque tenía que haber nacido mujer. Pero aquel día se convirtió en semanas y en meses en un abrir y cerrar de ojos. Y se quedó esperando. Sin saber a ciencia cierta qué es lo que sucede, y con una sola certeza: tenía que pedirle a Jorge que se casaran.

III

Habla Jorge:

Te amo, jamás he amado antes a alguien como a ti. Mi vida quiero pasar contigo. Serás mi     esposa, eso ya está decidido. Por nuestra vida futura no tendrás que preocuparte: mis padres son dueños de esas grandes panaderías que hay por todos lados. Somos ricos. Nuestra casa es grande. Y esa misma casa será la tuya, cuando seas mía.

 

IV

Alicia, de cierto temerosa, no cabe en sí de tanta felicidad. Dará a luz un hijo, probablemente una hija. Tendrá el rostro de Jorge, sus orejas, sus labios, pero heredará los ojos de ella, de su madre. Será guapo o será hermosa. Y lo más importante: vivirá con una familia grandiosa, con un par de personas que se aman. Vivirán juntos en una casa grande y administrarán una de tantas panaderías familiares. Su vida será buena, alcanzarán la tan anhelada felicidad. Pactan una fecha para que él visite la casa de sus padres y pida formalmente su mano: es necesario respetar el más fino recato y protocolo.

V

El día esperado ha llegado. Han pasado ya tres meses desde aquella noche que supo a infinito. Ahora los segundos saben también a eternidad. “Llegaremos, mis padres y yo, a las 3 de la tarde”, dijo Jorge, con una seguridad que daba miedo. Alicia buscó su mejor vestido, aprovechó que su vientre aún no se abultaba. Se sentó en la sala junto a sus padres, contrariados todavía, pero con cierta fe en que aquel colorido panorama que su hija pintaba fuera cierto: que la felicidad a lado de aquel hombre-niño fuera posible. Pasaron treinta minutos, cuarenta, cincuenta. Una, dos horas. Y al final una llamada: “No llegaré, mis padres no están de acuerdo”

VI

María, la más joven de la familia, cuatro años menor que Alicia, fue la encargada de limpiar las incontenibles lágrimas de su hermana. “No te cases”, le decía. “Tú y yo podemos sacar a tu bebé adelante. Vete en la mañana a la escuela y mientras yo la cuido”. Pero la dulce y sincera compasión no hacía más que agrandar la herida.

VII

Al día siguiente Jorge llega, acompañado solamente de su padre. La madre se ha negado rotundamente. Aceptan el matrimonio a regañadientes: no hay amor, son niños, no se conocen casi. Pero para ambas familias es inconcebible que una mujer dé a luz fuera del matrimonio. Ha sido dicho: serán marido y mujer.

lmmvpkeaf3ljkVIII

Se había soñado algunas veces, esplendorosa, bella, con sus hermanos y hermanas cargando la larga cola de su vestido blanco. La iglesia de su colonia llena de conocidos y desconocidos, una ceremonia memorable había soñado algunas veces. Pero nada sucedió de tal manera. La familia de Alicia era y es muy cercana al sacerdote en turno. Lograron acelerar los trámites y casarlos antes de que el embarazo se notara. Al lugar asistieron pocas personas de su familia y aún menos de la de Jorge. No hubo tal cosa como una fiesta posterior a la misa, se juntaron unos cuantos a la fuerza y comieron bocadillos cortesía de alguna de las panaderías de la familia de él.

IX

La ilusión vivía todavía. Pronto llegaría a su nuevo hogar y atendería alguna de las flamantes panaderías de la familia. Pasarían algunos meses, ella daría a luz, llenaría de besos a ese bebé y sería feliz, junto a Jorge. Llegaron a aquella casa, que era grande sin duda, aunque muy gris. En su cabeza había colores: verde, azul, amarillo. En aquella mole que se erguía frente a sus ojos no había más que una tonalidad. Jorge tenía diez hermanos, su padre era cuarenta años mayor que su madre y uno no podía explicarse cómo es que aquella pareja podía seguir produciendo hijos. La trataron mal, desde el principio. Fue vista desde su llegada como una arribista, oportunista, intrusa. Pero ella seguía aferrada y soportaba por el amor que profesaba por Jorge. Muchas cosas no le gustaban, la mayoría no las entendía, pero una en particular le hacía caer en conflicto. Había en aquella casa varios cuartos vacíos, y uno de ellos era utilizado para tirar ropa. Para evitar la fatiga que implicaba lavarla, preferían lanzarla a ese cuarto cuando estaba demasiado sucia y olvidarse para siempre de ella.

X

Don Francisco, padre de Jorge, quería para sus hijos un mejor futuro. Por eso mismo deseaba que todos abandonaran México lo más pronto posible y se fueran a vivir a los Estados Unidos. Finalmente Alicia lo había descubierto. No eran dueños de aquellas gigantescas panaderías; se dedicaban a administrar solamente un par de pequeños expendios de pan. El dinero escaseaba y Don Francisco comenzó a enviar de a poco a sus hijos al extranjero, uno a uno. Faltaba poco para que llegase el turno de Jorge.

XI

Alguien debía atender el expendio que le tocaba a Jorge, y ahora que era un hombre casado, podía mandar a su mujer a trabajar. Alicia se levantaba a las 7 de la mañana para llegar a tiempo al local, abrir y  cumplir una jornada de más de doce horas en total. Su vientre ya evidenciaba su embarazo. Jorge dormía hasta entrado el medio día. Partía para realizar el pedido de pan y regresaba a casa, a comer y dormir. Jamás fue a recoger a su mujer al negocio que ambos debían administrar. Las más de las veces Gerardo, hermano de Alicia o María, la más pequeña, cruzaban el municipio para ir por su hermana y dejarla, con pesar, ante las puertas de aquella enorme casa gris que era su “nido de amor”.

XII

Los chequeos fueron pagados todos por la familia de Alicia. Sus hermanos, hermanos y sus padres se hicieron cargo. El día que las contracciones se volvieron insoportables, Jorge llevó a su esposa al hospital y apenas hubieron llegado allí, la abandonó, poniendo como excusa aquel local en el que rara vez hacía acto de presencia. Alicia dio a luz a una niña que era toda la cara del padre. Y la amó profundamente. Aquella niña, a la que nombraron Carmen, no conoció el rostro de su progenitor hasta después de una semana de haber venido a este mundo. Los primeros meses después del parto Alicia regresó a su hogar y gozó de los cuidados de personas que en verdad la amaban. Pero regresó a la casa gris donde el hombre que la amaba la estaba esperando.

XIII

Y volvió a la rutina, ahora con Carmen en los brazos. Se levantaba a la misma hora y abandonaba el lugar también ahora, pasadas las diez de la noche. Mientras Alicia estaba allí, trabajando, Carmen dormía en una tibia caja de cartón que su madre había acondicionado para su descanso.

XIV

Dos años antes de que llegara el turno de Jorge para pasar al otro lado, decidió que el peso sobre sus hombros era ya excesivo. Aquel día Carmen habría de permanecer en casa junto con su padre mientras Alicia iba a atender el expendio. Será sencillo, será rápido, pensó. Tomó una almohada y la puso sobre el rostro de su hija. La presionó unos segundos, decidido a asfixiarla. Pero por azar, destino o designio divino, Alicia volvió a la habitación apenas se había ido y evitó el homicidio. Aún después de aquel atentado y a pesar de su enorme enojo, permaneció al lado de Jorge. No podía abandonarlo, lo amaba, y estaba segura que él la amaba a ella, en el fondo.

XV

Carmen cumplió tres años y su padre finalmente cruzó. “Apenas llegue mandaré dinero”, prometió. Pero no fue así. En dos años Alicia jamás recibió un solo centavo de parte de su esposo. Vivió con su familia política un tiempo, hasta que la situación se volvió insoportable. Alicia habló con su suegra, quién secamente le dijo “Si no estás a gusto, puedes regresar a tu casa en cualquier momento. Nada te ata a esta casa”. Alicia se dio cuenta que eso era verdad y regresó a casa de sus padres, junto con Carmen. Pero un buen día Jorge se comunicó y les dijo: “Vamos a reunirnos todos, en Estados Unidos”. María y todos sus hermanos insistieron: “No te vayas”. Pero una vez más Alicia jugo su corazón al azar.

XVI

hktb2w7s4qqduAlgo al menos la hacía estar un poco más tranquila: su hija viajaría casi sin riesgo. Pasaría con una identificación falsa en avión, junto a una familia norteamericana. Su marido arregló que ambas llegaran a Ciudad Juárez, Chihuahua para cruzar a Los Angeles, California, la niña como ya se ha dicho y ella con un pollero. La pequeña no tuvo mayor complicación, su mayor problema fue estar separada de su madre poco más de una semana: Alicia realizó dos intentos fallidos antes de lograr cruzar la frontera con éxito. La imagen de su hija, sola en un país desconocido, con gente igualmente desconocida (su propio padre era para ella casi un extraño) perturbaba a Alicia. Pero como muchas veces antes, ambas resistieron.

XVII

La casa a la que llegaron Alicia y Jorge era muy distinta a la casa que habían dejado atrás en México. En cuanto a sus dimensiones, el nuevo lugar que llamarían hogar no era ni una décima parte de la que había quedado en su pasado. La casa que pertenecía a Lizbeth, una de las hermanas de Jorge.  Ella había partido al país del Norte varios años antes que su hermano y había logrado encontrar trabajo en una maquiladora de playeras, de la cual con el tiempo, se convirtió en manager. Lizbeth acomodó a su hermano en dicha fábrica y si no lo hizo con Alicia fue porque ella se negó: deseaba estar con su hija y criarla de primera mano. Los riesgos de haberla abandonado eran incontables: abusos, drogas, pandillas, etc. Lizbeth tenía dos hijos cuando su hermano y su mujer llegaron a su casa. Puesto que Alicia se negaba a abandonar a su hija, se decidió que su trabajo sería el de niñera; cuidaría a su hija junto a sus sobrinos. Aquella tríada de pequeños a su cargo en poco tiempo se convertiría en un cuarteto, pues Alicia se volvería a embarazar de Jorge a pocos meses de su llegada a la tierra del sueño americano.

XVIII

El deseo del padre de Jorge se cumplió paulatinamente. Los hermanos fueron llegando de uno en uno cada cierto tiempo y fueron habitando la pequeña casa de Lizbeth. Cuando la situación se volvió insostenible y prácticamente faltaba espacio para respirar, Alicia y Jorge abandonaron la casa y las dificultades volvieron a atacar. Fue solo entonces y después de aún varios años más que aquella niña-mujer, ahora ya mujer completamente, aceptaba que aquel hombre no la quería, y que de hecho, nunca la había querido. Eso que le repetían incansablemente sus padres, sus hermanos y hasta el más pequeño de sus sobrinos, al fin había logrado penetrar en su cerebro: Jorge no la quería, era verdad. Se separó de Jorge en 2010 y los años siguientes fueron todos como una pesadilla gris y lenta que se cernía sobre su vida diaria. En todo este tiempo ni quiso ni pudo obtener un trabajo formal: por un lado estaban sus hijas, a quienes había decidido jamás abandonar a su suerte, y por otro lado su situación legal. Se dedicó a realizar labores domésticas, a ser comerciante informal. Sus hijas también trabajaron desde pequeñas. Vivieron las tres durante algunos años que supieron a décadas en un lugar que más que ser una casa era una cochera: para aquello era para lo que les alcanzaba. Carmen y su pequeña hermana Ana veían a su padre con frecuencia, lo querían profundamente, no obstante, el jamás se hizo responsable de ellas ni de los gastos que su educación y crianza implicaban.

XIX

A mediados de 2013 Alicia conoció a Óscar, un hombre diez años más joven que ella. Originario de Puebla, su historia personal es también digna de ser escrita, aunque no sea éste el momento ni el lugar. Se conocieron y se enamoraron, Alicia manteniendo siempre la cautela inevitable de aquel que ha amado y no ha sido correspondido. Sin embargo Óscar ha hecho hasta lo imposible para demostrar que su amor es sincero: el joven poblano incluso viajo a México para verse frente a frente con el padre de Alicia y pedir su mano, aunque ella no pudiese estar presente. La situación legal del ahora esposo de Alicia está normalizada desde hace varios años y al haber contraído matrimonio, la de ella está a punto de regularizarse también.  Óscar imprime en las hijas de Alicia el mismo cariño que sobre sus hijos, los cuales viven con su madre pero que visitan la casa familiar los fines de semana y días festivos. Carmen, la mayor de las hijas, está en proceso de titulación: los años de esfuerzo de madre e hija han valido la pena. Durante su graduación como psicóloga ella abogó por que la banda que vestiría llevase no solo el apellido del padre como es habitual, sino también el de su madre, que tanto había hecho por ella.

XX

“Ya casi, yo creo que ahora sí ya el próximo año puedo ir para allá”, le dice Alicia a su hermana María, a sus padres y a una sobrina que no conoce personalmente pero que todos concuerdan en que es su viva imagen: alegre, bella, frágil quizá. Han visto fotografías la una de la otra, toda la familia ha podido conectarse gracias a la magia de la tecnología: las videollamadas han logrado que las ansias de un abrazo puedan ser contenidas un poco más. “Es como un sueño, a veces no estoy seguro si lo que estoy viviendo ahora en realidad está pasando, o si estoy dormida y no he dejado de soñar”. Pero la realidad es esa: su vida ha cambiado drásticamente después de un acontecer lleno de errores y desencuentros. Es feliz, quizá, por primera vez. Han pasado más de veinte años desde que abandonó su inocencia, a sus padres, a sus amados hermanos, que rompió el círculo cerrado de su familia por seguir un amor por el que habría dado la vida y por el cual seguramente más de una vez estuvo a punto de perderla. Ahora su vida se reinicia y tomo un rumbo que probablemente Alicia había pensado ya imposible. Pero es verdad, ha pasado, y en aquella colonia de Tlalnepantla que podría ser cualquiera, su familia la espera, para concretar aquel abrazo ansioso que la espera desde hace ya dos décadas.

[1] El texto original dice “por mujer alguna”. He modificado el fragmento para que se adapte a la historia de Alicia.

Revista Primera PáginaAutor: Cris Yescas Fundador y director editorial de la revista Primera Página. Estudiante de Letras Hispánicas en la FFyL de la UNAM. Miembro del seminario de minificción de la UNAM. Rulfiano hasta el tuétano. Amante de la música y de la fotografía.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

Crea un sitio web o blog en WordPress.com

Subir ↑

A %d blogueros les gusta esto: