Ciudad en papel, Crónica, Opinión

Mi vieja Alameda ya no es lo que era, ya no es lo que era

Cambiamos, eso es innegable. Aunque la forma de racionalizar y contabilizar el tiempo son construcciones humanas, el cambio de estado de las cosas y las personas es un fenómeno físico que podemos tener, hasta cierto punto, por cierto. El devenir: un día nos vemos frente al espejo y decimos “ese soy yo”, y el día siguiente, aunque seamos totalmente distintos del que ayer se paraba ante su reflejo, rapados, nuevas imperfecciones, con menos dientes o con anteojos, también podemos decir “soy yo” y reconocernos. ¿Cómo es esto posible? La filosofía ha intentado darle respuesta a dicha pregunta de diferentes maneras (el alma, la esencia) pero eso no es tema de este breve texto. El problema político (una política de lo íntimo) se hará presente cuando al ir a enfrentarnos nuevamente a esa imagen que nos mira desde una superficie pulida, digamos “¿quién es ese? ¿soy yo acaso?” ¿Cuánto habremos cambiado para entonces? Incluso, en ese momento, puesto que lo que realizamos es un ejercicio de autoreflexividad, pues tanto el sujeto como el objeto de la pregunta son el mismo, podremos sabernos nosotros aunque nosotros no nos correspondamos a ese nosotros que estamos viendo. Sin embargo, cuando el objeto no es el mismo del sujeto, ¿qué sucederá? ¿reconoceremos aquello que algún día sentimos tan cercano?

Uno de los objetos en los que recae constantemente esta reflexión es la del paisaje urbano. La globalización y el capitalismo hacen que el entorno en el que nos desarrollamos a diario cambie de manera vertiginosa. ¿Cuántos no han amanecido y encontrado un OXXO en un lugar que apenas un par de días atrás ostentaba un letrero de “se renta”? O peor aún, a alguien quizá le habrá pasado lo que a aquel enamorado de El Supermercado de Paté de Fuá, que al regresar a buscar la casa de su amada de la juventud se encuentra solamente con una “gigantesca mole de hormigón”. El mundo cambia y en la ciudad estos cambios se realizan de manera tan impredecible que probablemente los habitantes que hace cien años recorrieron la Av. Juárez o la Av. Hidalgo hoy se sentirían extranjeros en su propia urbe.

La Alameda Central del Centro Histórico de la Ciudad de México (hace unos meses DF, miren, cómo cambia), es quizás uno de los puntos definitorios de este paisaje urbano del que ya hablábamos. Hace cuatro años, sufrió una de sus grandes transformaciones recientes. Recuerdo aún mis años de secundaria en que la Alameda estaba plagada de vendedor ambulantes de comida y artesanías (allí, recuerdo aún, me realicé una de mis primeras perforaciones), mismos que se han mudado y hacinado en el pequeño recuadro al final de la Alameda, a un costado del Centro Cultural José Martí y el Museo Mural Diego Rivera. Con dicha remodelación se actualizó el alumbrado, se reacondicionaron las jardineras, se volvieron a poner en funcionamiento las fuentes y sobre todo, se logró que el tránsito por el parque fuera posible, pues la concentración de negocios informales lo dificultaban.

Ahora bien, dicha remodelación implicó dos cambios en el paisaje urbano: uno que duró los 8 meses de trabajo y otro el que se suscitó al reinaugurarse. El primer cambió nos arrebató el privilegio de caminar por dentro de la Alameda (aún más que antes) y nos obligó a rodear el espacio que había sido cercado por enormes tablas blancas que llegaban casi hasta el Palacio de Bellas Artes. Poco tiempo paso para que el descontento general se hiciera presente en este paisaje urbano que se mueve con cada uno de nosotros, porque la ciudad, más que los edificios, son las personas. Pintas, graffittis, stencils y demás consignas fueron apareciendo de a poco hasta cubrir casi la totalidad del cerco. ¿Qué habrían hecho Guillermo Prieto o Salvador Novo al caminar desde Reforma con dirección al Zócalo? ¿Habrían reconocido que en aquel lugar estaba la Alameda? ¿Qué “eso” era la amada Alameda Central?

El segundo cambio fue quizá más feliz. En términos generales, la remodelación fue bien aceptada. Los darks, los skaters, los drogadictos, los raperos, los enamorados, los “youtubers” y demás fauna urbana fue encontrando su lugar en esa nueva Alameda Central. Fuimos acostumbrándonos a ella. Pero como el mundo no se detiene cuando uno parece haber encontrado su lugar en él, aunque físicamente la Alameda sea la misma, las transformaciones no se detienen. Hace poco (muy poco) la fiebre de Pokemón Go se desató y nuestro amado parque se convirtió en uno de sus epicentros. Ahora podemos encontrar, además de los grupos cada vez más numerosos de personas con lso ojos clavados en sus smartphones, aproximadamente a la altura de la segunda fuente viniendo desde Dr. Mora,  a vendedores ambulantes tanto de llaveros y peluches en forma de Pokémons como de pilas portátiles y otros aditamentos necesarios para que la experiencia extendida del juego sea de lo más satisfactoria.

Hoy, si pensamos en el yo de hace cuatro años, él o ella, probablemente, al salir del metro Hidalgo o Bellas Artes, se cuestionaría si tomó la salida correcta. Vería con extrañeza los nuevos árboles, la nueva iluminación, el resplandeciente hemiciclo a Juárez. Probablemente frotaría sus ojos.  Al descubrir que el lugar es ese, que es allí donde deseaba caminar, emprendería su recorrido y buscaría a los comerciantes, a su bullicio, a sus olores, y se encontraría con algo totalmente distinto. Ahora pensemos en el nosotros de 80 años, si es que acaso aún existimos. ¿Qué diremos? ¿Y qué dirá la ciudad de nosotros? ¿Podremos vernos y saludarnos como antaño? ¿O diremos como Max Rojas: “esto no es una ciudad, esto es un desmadre”? Que alguien fije, por favor, con mayor maestría, este momento. Tuvimos a Prieto, tuvimos a Novo, a Monsiváis, a Huerta, tenemos a Poniatowska, a Villoro. Pero su testimonio tuvo y tiene, de algún modo, caducidad. “El olvido es más tenaz que la memoria” dijo Elizondo. Y siguiéndolo hay que tener en cuenta que de nuestros recuerdos, espectro más lejano y casi opuesto a la escritura (al verba manent), es de quienes menos podemos confiar, pero que al mismo tiempo, son nuestro única defensa ante el pasado y ante el porvenir.

 

Revista Primera PáginaAutor: Cris Yescas Fundador y director editorial de la revista Primera Página. Estudiante de Letras Hispánicas en la FFyL de la UNAM. Miembro del seminario de minificción de la UNAM. Rulfiano hasta el tuétano. Amante de la música y de la fotografía.

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