Opinión

Tú estás mal y yo también: lo insostenible de un discurso de lo natural

 

El hombre se enfrenta a la inmensidad del mundo como lo que es: un ser diminuto. Quizá aquello que nos diferencia realmente del resto de los animales sobre la tierra es nuestra capacidad autoreflexiva, la cual implica que la manera de postrarnos cara a cara contra la existencia y pretender defendernos es explicando todo aquello que acontece, en cuanto a nosotros y desde nuestra experiencia particular. Pero la humanidad como humanidad no se satisface con poder dar cuenta de distintas realidades y explicaciones de un mismo fenómeno: se pretende desde el mito hasta la razón científica encontrar ideas que logren explicar no solo la realidad propia, sino, la de una comunidad, un pueblo, una nación e incluso de la humanidad entera.

Limitémonos a describir la historia occidental en este sentido: fue primero el mito, después la teología, después la razón, la ciencia y actualmente ¿qué es? Las teorizaciones divergen, se habla de la caída de los grandes discursos, pero en la práctica ¿es esto así? ¿Vivimos realmente en la emergencia de diferentes microideas que explican al mundo de diferentes maneras y que conviven en el mismo espacio tiempo? ¿O es esa convivencia solamente discursiva y en la praxis se intentan imponer estas nuevas explicaciones como las definitivas e incuestionables?

Es verdad, en el fondo todos queremos un mundo mejor. Sabemos que la humanidad perdió el rumbo si es que acaso en algún momento tuvo uno. Y deseamos desde el fondo de nuestros corazones que todo sea más justo, que las personas sean felices. El problema radica en lo siguiente: la felicidad no es la misma para todos y la justicia no existe porque los seres humanos son diferentes radicalmente los unos de los otros. Es claro que algo nos une como especie, pero decir qué es resulta francamente complicado la mayoría de las veces. Pero quizá porque supone menos complicaciones, intentamos hacer entrar en un molde cuadrado lo que evidentemente es triangular. Si alguien no ama como yo, lo que él o ella siente no es amor. Y esto va no solo en un sentido. Seamos sinceros: no son solamente los conservadores radicales y los puritanos religiosos los que piensan febrilmente que son ellos quienes tienen la razón. Muchos de sus opositores y censores detonan exactamente la misma munición en el mismo sentido. “¿Cómo es posible que estos retrogradas sigan viviendo en la Edad Media?” No hace realmente falta explicarlo, lo que importa es que es. Suspendamos por un momento la razón que organiza, clasifica, denuncia y destruye. Veamos los fenómenos en su expresión máxima: la del ser. Las cosas suceden, los humanos interaccionan de las maneras más caóticas, se explican el mundo como pueden, tenemos miedo. Creamos edificios gigantescos, torres, montes: lo verdaderamente preocupante es cuando principios metafísicos –esos castillos ya mencionados– tienen una manifestación política que ataca directamente la integridad, la vida física de otros que no comparten dichos principios.

No temo decirlo abiertamente: A mí no me interesa como es que alguien explica su existencia. Como es que lo íntimo se encuentra consigo mismo y dialogo con él, ella o ello que lo hace sentir vivo. Lo peligroso, impero, es caer en el discurso de lo natural pues implica una noción de totalidad: si algo funciona (o no) para mí, es claro que así debe ser para todos, y cuando se llega a este extremo ideológico se inventa la necesidad moral de imponer porque el otro está mal y no lo sabe: es entonces cuando lo ideológico (ontológico) afecta a lo existencial (óntico): al cuerpo, a la carne. Tenemos que ayudar a un ciego a encontrar un camino aunque en el fondo no sabemos si dicho sendero lleva de hecho a un despeñadero.

Lo repito, estamos solos, somos débiles, pequeños. Que cada uno (personas físicas, comunidades, sociedades) se entienda a sí mismo como mejor le plazca, pero que prevalezca sobre dicha auto concepción un par de conceptos: el amor y el respeto. Entendidos en su mayor espectro y no como simples clichés moralizantes y organizadores ostentados por el poder hegemónico. Tengamos conciencia de una sola cosa: de la finitud, de nuestra muerte. Imponer entonces nuestra existencia al del otro no tiene demasiado sentido pues ambos acabaremos en el mismo lugar: quizá yo en una fosa común y tú en un mausoleo de mármol, sepulcros ambos a fin de cuentas.

No existe lo natural, todo lo humano es cultural, todo lo cultural es relacional y todo lo relacional es necesariamente creado, pero todo esto no importa. Estoy mal, seguramente, pero tampoco interesa, porque tú también lo estás. Somos seres en constante devenir a los que hoy probablemente satisfaga una respuesta que el día de mañana no nos hará el menor sentido. Hay que irnos acostumbrando: hemos de pasar nuestra vida (nuestra vida como humanidad, como homínidos) buscando una respuesta que apenas llegue (como ha sucedido antes) se deshará entre los dedos como si estuviera hecha de ceniza. Esa es nuestra condena. Nuestra primer y probablemente única defensa es nuestra capacidad de pensar: esta nos servirá para construir ciudades pero también para destruirlas con armamento nuclear cuando los que habitan aquel lugar piensen distinto a nosotros. Cree lo que quieras, estás en un error. Y repito, nuevamente, no es importante lo que aquí te diga, también estoy equivocado. Además, con las contradicciones lógicas que enunciarlo implica, digo como aquel poeta, todo lo anterior no lo sé de cierto, lo supongo…

Revista Primera PáginaAutor: Cris Yescas Fundador y director editorial de la revista Primera Página. Estudiante de Letras Hispánicas en la FFyL de la UNAM. Miembro del seminario de minificción de la UNAM. Rulfiano hasta el tuétano. Amante de la música y de la fotografía.

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