Cartas de Managua, dos poemas de Margaret Randall

Presentamos hoy un par de poemas de Margaret Randall, en traducción de Cristopher Yescas. Margaret Randall es una poeta nacida norteamericana pero que ha vivido durante largos periodos en diferentes países ; entre ellos México, Nicaragua, España, Cuba y Vietnam del Norte (esto durante la guerra contra los Estado Unidos.) Ha escrito gran cantidad de textos disidentes de temas políticos. Estuvo casada con el poeta Sergio Mondragón, con quién fundó la revista El Corno Emplumado, un referente importante para la historia de la poesía contemporánea en México y Latinoamérica. Los poemas presentados hoy son testimonio de la simbiosis de Randall con el pueblo nicaragüense, al punto que el grito de una mujer norteamericana es la voz de un pueblo entero oprimido por aquella que debería llamar su “patria”.

Carta de Managua/uno

Todo lo que quieres hacer es matarnos, a aquellos que sobrevivimos a

tus múltiples ensayos generales

Aún no es tan grave: la mayoría de nosotros no alcanzamos

a ser personas para ti: no somos robustos ni de ojos azules ni prometedores

según el test IQ vigente

o el de Rorschach que define tu sentido de vida.

Discúlpanos si no estamos de acuerdo

con tu definición de la bomba N

con la solución química binaria o con la solución Salvadoreña

como un analgésico adecuado. Estamos suficientemente subdesarrollados

para querer lidiar con nuestro dolor de nuestro propio modo primitivo.

Discúlpanos también si no podemos responder completamente

a tus preguntas acerca de nuestra sociedad, descríbela como

marxista-leninista o social-demócrata, pluralista aceptable

o adecuada para la libre empresa.

Si insistimos en la crudeza de explorar nuestro propio proceso creativo

amando nuestra tierra con la pasión

que 50,000 hermanos y hermanas enraizaron en nuestras gargantas.

Discúlpanos, por favor, estamos siempre olvidando que

se suponía que debíamos pedir permiso para defender nuestra verdad

y para distribuir nuestra risa como mejor nos conviniera.

No se molesten intentando comprender

nuestra forma de enseñar a nuestros soldados la poesía junto con la defensa personal

el respeto propio y el cómo escribir sus nombres con tinta en lugar de sangre,

Cuando nuestros abuelos lograron sobrevivir en esta isla

mandaste a tus Marines. Más tarde nos diste

a “uno de nosotros”: comprado

por tu Estilo de Vida Americano.

Él tenía un hermano y un hijo, un nieto

e infinitos bolsillos.

Dijimos adiós más de una vez

pero tú entrenaste a una legión de hermanos nuestros

los compraste y los mantuviste en forma

(para mantenernos en forma)

y la forma en la que nos mantuvieron fue cada vez más en cajas de pino

horizontalmente. Aquí era un crimen

ser joven, y tú nos recordabas diario

ese crimen

cometido por muchos y muy a menudo.

Pero seguimos olvidando, peleamos y surgimos por debajo

de tu inmortal amigo y de su protección.

Peleamos y ganamos, enterramos

a nuestras hermanas y hermanos (algunos eran rubios

o incluso llenaban tus estándares para ser personas)

y entonces comenzó nuestro largo dolor, nuestro gozo silencioso, lo imposible

se hizo posible por nuestra historia de ojos y manos.

Sabemos que no llenamos tus estándares de 1982

para naciones dependientes.

Todo lo que tú quieres es asesinarnos. Todo lo que nosotros queremos es vivir.

 

—Managua, 2/1982

 

 

 

 

 

Carta de Managua/dos

Ya no sentía ni el calor ni el dolor

cuando el fotógrafo me filmó

en 1987.

La masa negra carbonizada de mi cuerpo

era solo el espacio limitado de otra vida.

Una chispa movió huecos en esa imagen y emergí

radiante, completo

en la consciencia mi oscuridad aún es evocada

en una mujer anciana de Lima,

en una adolescente del sur de Chicago,

en un poeta londinense,

en estudiantes en Camberra, en una guerrilla

en Morazán.

 

Pero mi temperatura se elevó abrasando

las manos yacientes de Haig

Cuando me levantó para condenar a mis hermanas y hermanos,

para traicionar a los que pelearon y cayeron

y nacieron conmigo

aquel largo día de Septiembre.

En nuestro nuevo estado solo podemos ser usados para la vida

no para la muerte

ni para justificar a aquellos que quemarían

nuestros nombres y ojos.

 

Ahora sufro por la tierra y el agua,

el fuego y el aire.

Solo apagando el napalm en Beirut,

reviviendo la sonrisa de la chica campesina en Vietnam

lavando la sangre de las calle de Chaltenango,

el Bronx, Santiago, San Francisco Norte, Belfast, San Juan,

seré capaz de dormir

enamorado en reposo alerta.

 

—Managua/1982

 

Puedes leer los poemas en su idioma original aquí.

Margaret Randall.

Traducción de Cristopher Yescas.

 

 

Revista Primera PáginaAutor: Cris Yescas Fundador y director editorial de la revista Primera Página. Estudiante de Letras Hispánicas en la FFyL de la UNAM. Miembro del seminario de minificción de la UNAM. Rulfiano hasta el tuétano. Amante de la música y de la fotografía.
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